LA REALIDAD Y EL DESEO

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LA REALIDAD Y EL DESEO

NO HAY peor melancolía que la de aquello que no fue. La nostalgia de lo que fue y ya no es, es dolor, pero la melancolía de aquello que deseamos y no fue se siente como frustración, como imposibilidad. Ante la mediocridad de su vida pueblerina, Alonso Quijano se convierte en Don Quijote, y cuando deja de delirar, muere. Ante la imposibilidad legal de constituir una república independiente, Puigdemontdecidió peligrosamente instaurarla para «suspenderla» un minuto después y huir. Su actuación hubiera merecido un ensayo de Freud acerca de los deseos frustrados y la realidad.

Una amosa psicoanalista contaba que un paciente le dijo: «yo estaría perfectamente bien si no fuera por la realidad». En efecto, ese es el título de uno de los exquisitos libros de poesía de Cernuda: La realidad y el deseo. El paciente de la psicoanalista dio en el clavo: si no fuera por la realidad, todos estaríamos bien; los jubilados tendrían pensiones acordes con sus necesidades, no habría lista de espera en la sanidad, los hombres no se matarían entre sí ni a las mujeres, los enfermos de cáncer sanarían y el Barcelona ganaría la Champions.

El gran problema para Puigdemont, los independentistas, mi médico y Cristina Cifuenteses la realidad. También para los sirios y los palestinos. Cuando la realidad no satisface nuestros deseos podemos intentar cambiarla, pero eso no siempre es posible, ni legal, ni siquiera legítimo. «El infierno son los otros» dijo Jean Paul Sartre, olvidando que él era el otro de todos los demás, por tanto, el infierno.

Don Quijote opta por ignorar la realidad, transformándola en sus deseos: los molinos son gigantes y las prostitutas doncellas y los trata como a tales. La realidad le golpea por todas partes, pero se consuela con más fantasía todavía.

A ese problema se suma que la percepción de la realidad depende de quien la cuente, lo que permite que haya tantas versiones como personas. ¿Cómo entendernos, entonces? Con la determinación veraz de los hechos. Ser veraz es ser libre, decía Nietzsche. Aunque ser veraz le haya costado la vida a tantos y tantas. Decía Artur Mas con esa suficiencia cínica que lo caracteriza que exagerar es parte de la política (meliflua manera de decir que mienten) por tanto tirar de la hemeroteca para demostrar los engaños, las falsedades siempre tendría la excusa de haber sido mera oratoria.

Quizás esto explique algo que en principio me parece incomprensible: que los independentistas hayan votado más a Puigdemont que declaró la república, de inmediato la suspendió y enseguida huyó que a Junqueras, que se quedó a asumir las consecuencias de sus actos con el pretexto de que es buena gente y católico. Mi papá también era buena gente y católico, según él, y no digamos la sagrada familia catalana de los Pujol. Mi madre siempre me decía «no te alabes, deja que sean los otros quienes lo hagan». Pero mi madre era católica de verdad, la de la misericordia, no la de la doble vida.

Puigdemont era un periodista de Girona que se soñó héroe, como Don Quijote. Prueba de que mal que les pese a algunos catalanes, son muy españoles. Y prueba de que los españoles son muy universales, si descontamos el folklore: los chinos comen insectos y nosotros terminaremos comiendo grillos en un restaurante catalán finolis. Tanto los indepes como los que no, y no será por pobreza, sino por ese esnobismo tan marca de la cultura catalana, tan marca como no saludar a los vecinos de edificio, si son de alquiler.

Cristina Peri Rossi ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor