La rebeldía del PSC, cuestión de formas pero sobre todo de fondo

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La rebeldía del PSC, cuestión de formas pero sobre todo de fondo

En una entrevista el pasado año en ABC, el líder del PSC, Miquel Iceta, señalaba que el PSOE «no es un partido cuartelero, en el que uno dice y los demás obedecen». Justificaba de este modo la enésima polémica entre ambos partidos a cuenta de las distintas propuestas que han ido lanzando los socialistas catalanes sobre el «encaje» de Cataluña en España, una realidad mutante que, en sus muy distintas formas, parecía, solo de forma aparente, haber encontrando en la pócima federal un punto de encuentro.

Paradójicamente, no es la distinta manera de entender España que se da entre el PSC y el PSOE lo que puede acabar rompiendo una relación que con más o menos tiranteces se ha mantenido desde 1978. Sí en cambio la ruptura de la disciplina de voto en el Congreso de los Diputados en la investidura de Mariano Rajoy. El propio Miquel Iceta lo ha señalado de manera reciente: nadie en el partido, tras años discutiendo sobre qué debe ser Cataluña dentro de España, se podía imaginar que una posible ruptura entre los dos partidos se produciría por la investidura de un presidente del PP.

Otra de las paradojas es que el momento más difícil de la relación entre ambos partidos se produce con Iceta al frente del PSC, precisamente alguien que asumió el cargo de primer secretario en 2014 con la misión de pacificar el partido y normalizar la relación con el PSOE tras la turbulenta etapa de Pere Navarro.

 Fue durante el liderazgo del exalcalde de Terrassa cuando el PSC se asomó peligrosamente a la ventana del derecho a decidir. Y fue durante ese periodo, y por esa misma cuestión, cuando los diputados del PSC en el Congreso rompieron la disciplina de voto del Grupo Socialista hasta en dos ocasiones. Es ese precedente, que se saldó con sanciones económicas, el que se esgrime ahora desde el PSC para no precipitar soluciones mucho más drásticas cuando sus siete diputados, previsiblemente, se nieguen a abstenerse en la inminente sesión de investidura.

La aparente renuncia del PSC al «derecho a decidir» que simbolizó el relevo de Pere Navarro por Miquel Iceta cerraba una etapa en la que el PSC, en sus múltiples idas y venidas, llegó a anunciar que en cualquier votación en el Parlament relativa al proceso soberanista se abstendrían de manera sistemática: en definitiva, sus propios dirigentes colocaban a la formación en el terreno de lo inane, a merced del soberanismo. Con la Declaración de Granada (2013), que consagraba la apuesta federal del PSOE como forma de integrar la inquietud de los socialistas catalanes, las relaciones volvían a su cauce, aunque solo de forma aparente y por poco tiempo.

Miquel Iceta trataba de resumirlo en la misma entrevista en ABC: «Mire, Cataluña podría salir de España pero no de la Península Ibérica, siempre estaremos aquí, y necesitamos la mejor relación con los vecinos, compartir proyectos. Rendirse a la posibilidad de una España mejor es un error, no es alternativa».

Pese a estas proclamas, la buena relación que se dio entre el PSC y el PSOE durante la anterior etapa de Pedro Sánchez fue más bien estética. Las discrepancias de fondo seguían donde siempre. El fantasma del «derecho a decidir» volvía a asomar cuando Iceta -tras haberlo hecho antes Carme Chacón- ponía sobre la mesa la llamada «vía canadiense», es decir la demanda de aprobar una ley de Claridad que fije las características de un referéndum en Cataluña en caso de que en esta comunidad no se aprobase una hipotética propuesta de reforma federal de la Constitución.

Fue el propio Javier Fernández, presidente de la gestora del PSOE, quien ya en un Comité Federal en el mes de julio cuestionó una fórmula que, en realidad, viene a reconocer Cataluña como ente soberano. Para añadir más leña a la hoguera, el PSC presentaba en el Parlament hace apenas dos semanas una propuesta de resolución que aboga por transformar España en una federación en la que se reconozca «el carácter plurinacional» del Estado y «el reconocimiento de Cataluña como nación». Una propuesta que va mucho más allá de la Declaración de Granada, que alude a la pluralidad de España con la expresión «hechos diferenciales y singularidades políticas».

Como señalan algunos dirigentes del PSOE, la última crisis con el PSC no atañe tanto a las discrepancias sobre la investidura de Rajoy como a la eterna cuestión de fondo: qué significa España para el PSC.

ABC

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