LA SOLEDAD DEL TAMAGOTCHI

nadalf

LA SOLEDAD DEL TAMAGOTCHI

Alguien me advirtió la otra tarde de que volvía el Tamagotchi. Era una mascota digital que hace 20 años desató el furor de miles de japoneses. Un bicho a pilas que tiranizaba a los dueños exigiendo virtualmente comida, bebida, horas de juego, generando insomnios y provocando delirios. La extenuación de una estupidez como otra cualquiera, allá en los 90. Hubo quien quiso al aparatejo más que al hijo, más que al gato. El furor del Tamagotchi acabó cuando alguien propuso un nuevo invento para seguir en soledad y las máquinas pasaron al cajón con las pilas gastadas. Es decir, cuando el personal se acostumbró a cualquier otra moñez.

El Tamagotchi revivido llega en un momento oportuno, cuando a Puigdemont se le agota la batería. Cada semana que pasa pierde fuerza su road movie de vuelta a la manzana. Cada vez menos gente presta atención a su refrito de sandeces, a su escondite de fogueo. Sucede igual con buena parte del independentismo. Están solos, magníficamente amortizados para la nada que les aguarda. Tirando de aquel libro de Bret Easton Ellis, pisan esa trocha funeral de la vida en que el peso de la gloria de un hombre llega a ser menos que cero. Qué lejos quedaron las berras de su república cuando salieron de los matorrales a desplegar un Vietnam de plastilina.

El Tamagotchi es una máquina que genera adicción en espíritus infraleves, pero nunca engancha liderazgo. Igual que Puigdemont y su banda trapera. Ese trasto ridículo servía para ensanchar más el estadio bobo del solitario que se entregaba a él. Más o menos como sucede hoy con el independentismo, que es la confitería loca de un nacionalismo cada vez más de baúl. Y, de paso, la confirmación de su falta de remedio.

Tan lejos queda ya Puigdemont y tan remota su apoteosis de sopistant que da igual si él es el usuario o el Tamagotchi de todo esto. Tiene ya el olvido al dente de su parte y las baterías fuera de juego. Ha alcanzado el amaneramiento de lo inútil, como algunas maquinitas tristes. Aunque no es justo restarle mérito al intento de ser el más hazmerreír de Europa durante unas semanas. Reconozcamos que hubo unos días en que incluso se pensó que lo suyo era serio. Y ahora mira. Poco a poco, al cajón. ¿Puigdequé?

Antonio Lucas ( El Mundo )

viñeta de Linda Gamor