LA TORRE DE LOS LOCOS

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LA TORRE DE LOS LOCOS

El aire del tiempo no anuncia utopías. Utopía (del griego u -no- topos -lugar-: lo que no tiene lugar, lo irrealizable) ha sido la quimera de los soñadores desde quePlatón en su jardín, donde estaban enterrados los huesos de Pericles, anunció una Edad de Oro. Siglos más tarde, Tomás Moro ideó la isla de Utopía, o el prólogo del socialismo. Intentó convencer a los ciudadanos de que la riqueza era despreciable y había que hacer de oro las vasijas desagradables, los grilletes y las cadenas de los condenados. Luego apareció, como un meteoro, el marxismo, el horizonte del siglo XX.

Hoy pisamos los cascotes de las utopías. Los sueños son más modestos: empleo, trabajo, democracia, salud, enseñanza. Las grandes utopías terminaron en colas, campos de concentración y policía política. Además del estado del bienestar, la última utopía realizable se llama Unión Europea, y trata de convertir la Europa de soldados y nacionalismos en un territorio de ciudadanos libres.

El objetivo de superar la Europa de las naciones, la gran idea de Víctor Hugo, una Europa sin guerras ni fronteras, ya fue derrotada cuando se enunció. Algunos políticos condenaron al autor de Los miserables a ingresar en la Torre de los Locos, el psiquiátrico de Viena impulsado por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico José II, que se reservó una habitación en la clínica.

Algunos intelectuales han analizado el procés, que atormenta a Cataluña y a España, como una utopía; otros lo ven como una intentona chapucera de tomar el poder a base de propaganda. Marina Subirats -que empezó en Bandera Roja, siguió en el PSUC y el PSC, para terminar en Cataluña en Común- piensa que en el año 1714 los catalanes ya sabían que no podían ganar e intentaron un estado independiente. “Fue una inmolación”. La catedrática y filósofa comentó hace unos años que aquella cólera ha reaparecido unas cuantas veces y ha tenido su esplendor en la “utopía de repuesto” que estamos sufriendo. Los conspiradores dijeron: “Este barco [España] se hunde. Pues hay que coger una barquilla, nos largamos y a ver dónde llegamos”.

Otra vez, y ya van muchas, los sublevados no llegaron a la tierra prometida con su motín del té, sino a la cárcel. Pero todo indica que esta vez la cólera, la rauxa, el odio a España no va a cesar por la derrota.

Una victoria del constitucionalismo solventaría la crisis durante unos años, pero no es eso lo que puede ocurrir. Si Barcelona en Común es la llave del próximo Govern, hay que perder toda esperanza. Domènech ha hablado con claridad: “Icetava hacia una habitación del pánico con Arrimadas y Albiol. Nosotros no estaremos en esa habitación”.

Raúl del Pozo ( El Mundo )