LAS CUENTAS DE IGLESIAS

cojonudo

LAS CUENTAS DE IGLESIAS

Se hace cuesta arriba y tedioso escribir sobre el procés. Sin embargo, una de las primeras victorias del nacionalismo fue derogar la Ilustración por incomparecencia en el debate público. En efecto, los supremacistas son agotadores. Después, asfixiantes. Por eso, ante las mismas falacias, poderosas razones. Antes era más fácil dialogar con el separatismo camuflado porque llamaba a las cosas por su nombre: se refería al autogobierno y sabíamos que hablaban educadamente de dinero. El soberanismo trepador ha introducido mucha confusión al respecto. Ya no resulta tan claro que hablen sólo de números.

Que un conflicto alcance su clímax tiene una ventaja: disuelve la ambigüedad. No desmonta las vías intermedias sino los burladeros. Colau -la princesa de la multitud- e Iglesias, -el caudillo anfibio- regatean al 1-O para forjar la narrativa del día siguiente. Sugerir, como hace Iglesias, que “el problema de Cataluña se resuelve echando al PP del Gobierno” parece una simpleza pero esconde un plan posterior al barullo: incluir a los separatistas en una hipotética coalición de Gobierno. O sea, ponerle a Sánchez la miel en los labios. Al mismo tiempo, pretende ocupar el espacio de la nueva tercera vía -la que está por venir y siempre se acerca un poco más a los objetivos del nacionalismo-: un pacto sobre el derecho de independencia. Le permite ganar tiempo y cincelar su proyecto de demolición.

Por eso su boutade de ayer es mucho más que un alarde de ambigüedad. Es su lema a partir del 2-O. Con el oximorón juega al despiste. Sus dos sentencias se neutralizan, el taumaturgo las acopla: “Como español y orgulloso de serlo, visca Catalunya lliure i sobirana“. El primer enunciado carece de carga política y es meramente sentimental. Sin embargo, el segundo, sentimental en la forma -la lengua-, tiene un fondo puramente propositivo: reconocer la soberanía de Cataluña y proceder al derribo de la Constitución. Como el nacionalismo de primera hora, procura ocultar sus cuentas, pero las tiene echadas, con los dedos.

Javier Redondo ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor

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