Las dos salidas del populismo

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El populista tiene dos salidas: comportarse como un socialdemócrata o volver al barrio de pirómano de sí mismo.

El populista empieza en la calle. Una mezcla de barro de barrio y testosterona. Desde allí lanza sus consignas, que pueden resumirse a la perfección en esta frase: «No obedeceremos leyes injustas». Las leyes que no van a obedecer pueden referirse tanto a los moros como a los bancos. Desahucios. Ésta es la palabra, exactamente, que vincula al partido Podemos con el Frente Nacional. En la calle el populista utiliza la violencia: incendia coches, rompe lunas y escrachea. A esas alturas el sistema suele reaccionar con la indiferencia de la porra, los grilletes y la evaluación de daños. Salvo que el sistema empiece a necesitarlos por alguna razón.

Ahora el populismo, que ha abandonado la calle y el disturbio, se ilusiona con la posibilidad de ganar las elecciones. En Francia, en América, en España y en otros lugares. Esa ilusión no llega más allá de las primeras 24 horas de estancia en el poder. En ese intervalo aún se puede oír a Ada Colau diciendo que no obedecerá las leyes injustas… que ella promulgue. Pero como se trata de un vómito de sentido ya no se le va a oír más diciéndolo. A partir de ese momento el populismo se disuelve.

El último ejemplo global es el del azucarillo Tsipras. Hay quien le reprocha traición a los ideales y otros dramitas. ¡Quia! La conducta del griego está escrita en los genes del programa. En Occidente, el populismo solo sirve para acercarse al poder y a veces para alcanzarlo; pero jamás sirve para ejercerlo. Al margen de sus retóricas inflamadas con los nombres de las calles o los títeres de los niños, el populista solo tiene dos posibilidades: comportarse como un socialdemócrata de hipocresía redoblada o volver al barrio de pirómano de sí mismo.

Arcadi Espada ( Periodista Digital )

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