LAS ESPÍAS SIEMPRE FUERON MUJERES

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LAS ESPÍAS SIEMPRE FUERON MUJERES

Con la ola que nos invade  de sobredosis de feminismo protagonizada por grupos organizados  que pretenden que se considere machista todo lo que no es feminista, el oficio de espía, como tantos otros,  corre riesgo de desaparecer.

Si en poco tiempo han conseguido derrotar la inteligencia y el bueno gusto en la utilización correcta del lenguaje, haciendo que los políticos más tontos de nuestro parlamento sean incapaces de pronunciar una frase de veinte palabras de la que sobran seis, su proyecto de convertir a las mujeres en ciudadanas a las que les está prohibido desarrollar algunos trabajos, va por buen camino.

Si una mujer es guapa,  viste falda y potencia los rasgos de su feminidad, está bajo sospechas de las feministas organizadas, que luchan y consiguen  que pierdan su empleo o los escasos euros que gana de vez en cuando como azafata en algunos eventos deportivos. De esa forma pretenden protegerlas de la cultura del patriarcado, que es una expresión fea de cojones, y de paso las dejan sin curro.

Sé que corro el riesgo de que se me malinterprete pero lo asumo al decir que el uniforme correcto y el perfil estético de la militante feminista es el de la mujeres de la CUP, como estereotipo, o el de cualquier otra forma de vestimenta que oculte las características genéticas de las buenas patriotas de la causa.

Todo esto, aunque a bote pronto no lo parezca, viene a cuento de la noticia del fallecimiento de la exmodelo británica Christine Keeler, que ha muerto  hace unas horas a causa de una enfermedad pulmonar en el hospital universitario Princess Royal de Farnborough, en el sureste de Inglaterra.

Esta señora, siendo muy joven, se vio involucrada en uno de los escándalos políticos más sonados de la historia reciente del Reino Unido porque aceptó actuar como espía para la Unión Soviética al convertirse en la amante simultánea del ministro de la guerra británico John Profumo y del agregado naval de la embajada soviética Yevgeny Ivanov.

La historia del espionaje mundial está plagada de señoras estupendas que sirvieron a sus países seduciendo al enemigo, y cuando fueron descubiertas algunas lo pagaron con su vida.

No sé qué dirían de ellas las feministas de entonces pero a día de hoy es muy probable que las denostaran e intentaran impedir que se dedicasen a ese oficio, aunque ellas quisieran ejercerlo.

Por ahora ya han conseguido que los políticos desaprendan a hablar y que algunas mujeres no sean contratadas para trabajos honrados en los que le dan un beso en la mejilla a un ciclista que ha ganado una etapa,  pero todo se andará porque en esta ecuación se han juntado el hambre con las ganas de hacer pasar hambre.

Diego Armario

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