Los hijos del Zapaterismo

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Podemos es hijo del zapaterismo: una “tercera izquierda” que ha sobrevivido a los fracasos sucesivos del comunismo y la socialdemocracia. No es un fenómeno marginal ni un partido como los demás. Es un síntoma de descomposición.
La llegada al poder de Podemos representa la consagración de la “tercera izquierda”. No es un accidente ni una anécdota. Es un fenómeno sociopolítico de primera magnitud y hace preciso afinar el análisis.

Hubo una primera izquierda revolucionaria y roja: Rusia en 1917, Alemania en 1919, España en 1934 y 1936… Su paraíso era la Rusia soviética. Esa izquierda acabó ahogada en el baño de sangre del Gulag y la Cheka. Después hubo una segunda izquierda reformista y blanca: el laborismo británico, las socialdemocracias alemana y sueca, también los socialismos francés (Miterrand) y español (González)… Su paraíso era Suecia. Pero la segunda izquierda acabó colapsada, doctrinalmente hablando, por algo tan prosaico como la incapacidad para mantener el gasto público del Estado-Providencia. ¿Hacia dónde llevar entonces la revolución? Hacia dentro. Obligada a aceptar la democracia liberal de partidos –porque ya no es concebible otro sistema político-, obligada a aceptar la hegemonía del capital transnacional –porque ya nadie tiene redaños para aspirar a otra cosa-, la izquierda se concentró en la transformación de las mentalidades, los comportamientos, las actitudes, las formas de vida. Así nació la tercera izquierda. A España la trajo Zapatero.

Zapatero, sí, inventó la tercera izquierda. Sembraba en tierra abonada: en un país donde todas las izquierdas gozan de plena hegemonía en la enseñanza y en la comunicación desde treinta años atrás, nada más sencillo que plantar la semilla del cambio por el cambio, de la transformación que se agota en sí misma, que se justifica por el solo hecho de transformar, sin que sea necesario señalar un objetivo final. En la sociedad española abunda un sentimiento que podríamos llamar pasivo-agresivo: una extraña mezcla de ansias de protección (“el sistema debe proteger mi vida”) e hiperindividualismo vindicativo (“yo tengo mis derechos”). El perfil se parece mucho al “último hombre” del que hablaba Nietzsche: el nihilismo final es el del propio ombligo. Nadie más apto para transformar eso en potencia revolucionaria que una generación criada en la abundancia material y en la escasez espiritual. Los hijos del zapaterismo. Eso es Podemos.

En las capillas de la nostalgia se ha ido construyendo un santoral nuevo que ya no bebe en los viejos paraísos soviético o sueco, sino en las revelaciones de cartón-piedra de Mayo del 68, de la “revolución sexual”, de la “insurgencia latinoamericana”, de los eternos derrotados rojos, de las ensoñaciones libertarias, del tercermundismo militante, de la ideología de género… Con esos materiales se ha cuajado una doctrina que está más cerca del nihilismo que del socialismo. Doctrina caótica, sí, pero eficaz, porque sigue prometiendo la felicidad en la Tierra. Tras beber la poción mágica del resentimiento y fumarse el porro de la utopía, la alucinación teórica de la tercera izquierda se concreta en las consignas de los nuevos demagogos: abolir la familia, casar a los homosexuales, legalizar a todos los inmigrantes, expropiar las catedrales, etc. ¿No habló André Gorz de llevar la revolución a la vida cotidiana? Hela aquí.

Podemos es hijo de todo eso. No es un fenómeno marginal y pasajero. Tampoco es un partido como los demás. La larga hegemonía cultural de la izquierda en España, nunca combatida por la derecha más tonta del mundo, ha creado una situación en la que un movimiento nihilista puede crecer bajo las bendiciones del sistema, entre el aplauso vergonzante de los progresistas, que ya han perdido de vista el sentido del progreso, y la sonrisilla cobardona de los conservadores, que ya no saben qué es lo que hay que conservar. Es un síntoma de descomposición cuyo alcance aún nadie es capaz de prever. Pero es lo más importante que ha pasado en España en los últimos años.

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