Los indignados 15M se alimentaban del materialismos envilecedores

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La ‘indignación’ de los indignados del 15M se alimentaba con materialismos envilecedores.

Lo cierto es que el 15-M no es sino la desembocadura natural de la Transición, en donde unas masas juveniles que han sido envilecidas por el materialismo y el disfrute de unos derechos que no han hecho sino animalizarlas, advierten de repente, ante el colapso de la economía, que han sido vilmente estafadas; y regurgitan entonces toda la alfalfa con la que han sido alimentadas durante décadas (reclamando más derechos y exigiendo mayores satisfacciones materiales), a la vez que, sedientas de venganza, buscan culpables a su fracaso, que encuentran en las oligarquías políticas surgidas de la Transición y en la plutocracia internacional.

No les faltaba razón en su diagnóstico; pero, como su «indignación» se alimentaba con materialismos envilecedores, lo que de allí surgiese estaba inevitablemente condenado a ser también envilecedor.

Para aprovecharse de la indignación de aquella «ciudadanía» (nuevamente convertida en tonto útil) que había sido defraudada en sus sueños de grandeza, para halagar sus ansias de venganza, surgió Podemos.

José Miguel Gambra, tal vez la persona que mejor ha estudiado el trasfondo ideológico de esta formación, nos señala que Podemos se acogió entonces a la estrategia espartaquista preconizada por Rosa de Luxemburgo, encauzando el descontento de las masas hacia la toma del poder.

Gambra ha rescatado una intervención de Íñigo Errejón y Pablo Iglesias en un congreso celebrado en Manchester, allá por 2005, sobre movimientos sociales, en el que defienden la táctica de Rosa de Luxemburgo, frente al cipayismo de la socialdemocracia y la inoperancia del marxismo especulativo.

Errejón e Iglesias, seis años antes del 15-M, ya tenían claro que, para conquistar del poder, necesitaban una manifestación popular que no fuese decidida «en las cúpulas de las organizaciones de masas ni en los comités centrales».

Escriben entonces Errejón e Iglesias, en un alarde de clarividente y estremecedor maquiavelismo:

«Nuestro papel no consiste en predecir los brotes, sino más bien en comprenderlos y explicarlos (…), y en ser estímulo de radicalización. (…) Debemos tener la estrategia revolucionaria como hoja de ruta, y ser tan firmes como las condiciones lo hagan posible, yendo siempre al límite, pero sin romper el vínculo necesario con los deseos y rencores actuales de las masas: un paso por delante de las masas, pero sólo uno (Lenin )».

Y la ocasión pintiparada para llevar a cabo estos planes maquiavélicos se les ofreció el 15-M, donde pudieron «comprender» y «explicar» las protestas de los hijos de la Transición, presentándose como sus adalides y como los promotores de una democracia «auténtica», frente a la democracia «secuestrada» por las oligarquías.

De este modo, la táctica espartaquista preconizada por Rosa de Luxemburgo encontró su realización más exitosa; y Podemos pudo apropiarse de aquel grito de indignación del 15-M, pudo utilizar a su gusto «los deseos y rencores actuales de las masas», haciéndoles creer (como siempre se hace con los tontos útiles) que no hacían sino dar voz a sus reivindicaciones.

Fue una maniobra magistral, profetizada por Errejón e Iglesias seis años antes de que ocurriese. Y ahora ha llegado la hora culminarla con la toma del poder.

Juan Manuel de Prada ( Periodista Digital )

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