Los malabares desesperados

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Los malabares desesperados.

En España hemos conocido a buenos gobernantes socialistas, como Felipe González o el Pasqual Maragall alcalde, socialistas brillantes como Alfonso Guerra, y socialistas que nos han servido en las más terribles circunstancias, y que nunca se lo hemos agradecido bastante, como mi querido y admirado Rafael Vera.

Pero los viejos buenos tiempos del PSOE hace mucho, demasiado tiempo que forman parte del pasado, y hoy nos ponen en circulación cualquier calamidad, que además queda inmediatamente superada por la siguiente.

Cuando creíamos que ya con Zapatero más bajo no podíamos caer, y más daño no podían hacernos, nos pusieron a Pedro Sánchez, con ese resentimiento tan vulgar como estéril de los que no tienen ningún proyecto, ninguna idea, ni ninguna capacidad para construir algo nuevo, y sólo son capaces de afirmarse en el odio, en el insulto, y en la destrucción de lo que funciona para tratar de justificar su lugar en el mundo.

Pedro Sánchez obtuvo el peor resultado de los socialistas desde la recuperación de la democracia; y contra el más elemental interés de España, y de la aritmética incontestable, nos ha hecho perder tres meses con sumas que no suman y que ya desde el principio se sabía que no sumarían nunca.

Con Podemos se ha comportado como el amante despechado que un día suplica a su esposa que vuelva a casa y al día siguiente la insulta por no volver; y al otro vuelta a empezar la mareante dinámica.

Lo que en el fondo ocurre es que Sánchez se resiste a aceptar la democracia. La izquierda ha tenido siempre un problema con la democracia. Lo tuvo durante la resistencia antifranquista, siendo el Partido Comunista más totalitario que la misma dictadura, y lo ha tenido desde entonces, siendo incapaz de reconocer que el comunismo es la mayor atrocidad, de cuerpo y alma, que la Humanidad ha conocido.

Pedro Sánchez se niega a aceptar los resultados del 20 de diciembre y así cree que nos entretiene con sus malabares desesperados de decir hoy una cosa y mañana la contraria.

Hace demasiados años que los socialistas viven sólo de criminalizar al PP, y de tratar de comercializar este odio. La única estrategia que ha tenido el PSOE desde que Felipe lo dejó, fue insultar primero a Aznar y ahora a Rajoy, y presentarles poco menos que como a unos criminales y a unos fascistas para intentar no sólo vencerles sino echarles del tablero de juego.

Ha sido lamentable, y demencial, que durante los tres meses que llevamos de farsa, haya contado Pedro Sánchez con el reconocimiento de tanto comentarista de saldo y esquina, diciendo de él majaderías como que había «puesto en marcha el reloj de la democracia», que había «recuperado la centralidad» o que ha parecido más «presidenciable», cuando lo que ha hecho ha sido abusar del sistema para intentar controvertirlo, y del modo más grotesco y más ineludiblemente condenado al fracaso.

La calidad de una democracia también depende de la calidad de sus intelectuales, y el nivel del debate público en España, tan instalado en odio irracional -e invertebrado- a la derecha, propicia que tengamos una situación política mucho más propia de una tribu de odios africanos que de una democracia consolidada.

Nada puede darse por finiquitado hasta que expiren materialmente los plazos, pero algo hemos hecho mal si uno de los dos grandes partidos de España no tiene otro mecanismo que el del machete entre los dientes, y una idea de la libertad de salvajes de Borneo, en cueros y danzando.

Salvador Sostres ( ABC )

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