Mariano Pokémon

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Mariano Pokémon.

Mariano Rajoy se ha convertido en el gran muñeco de Pokémon de la política española. El bloqueo de la investidura es un juego destinado a cazarlo para exhibir la captura en la pantalla del móvil. La estrategia de los ojeadores consiste en presentar al ganador de las elecciones como responsable, y no como víctima, de la imposibilidad de formar Gobierno; un bucle dialéctico que cerca al adversario para luego señalarlo como culpable de su aislamiento. El único candidato que progresó en las urnas de junio ha sido estigmatizado por los perdedores, que intentan maquillar su propio retroceso achicándole la victoria. Se trata de un caso palmario de mobbing político, lo que antiguamente se llamaba «luz de gas»: le han cerrado cualquier vía de acuerdo al negarle de antemano todos los apoyos, y a continuación le reprochan su incapacidad para recabarlos.

En el caso de Pedro Sánchez, la negativa tiene un sentido: pretende tumbar la candidatura del presidente, haciéndole pasar primero por una aparatosa derrota parlamentaria, para presentarse como la única alternativa posible a la repetición electoral; otra cosa es que su partido lo deje. La posición de Albert Rivera es menos comprensible porque en el momento en que Rajoy desaparezca de la escena Ciudadanos perderá su principal razón de ser: vive de un electorado de centro-derecha disconforme con el marianismo, un segmento social que se reagrupará en torno al PP en cuanto tenga un líder nuevo sin lastre en su trayectoria. Ambos, el socialista y el reformista, se niegan a asumir el veredicto de las urnas para no enfrentarse a la incómoda evidencia de que a los dos les fueron adversas. Podrían -y deberían- exigir al vencedor el pliego de reformas que la sociedad española no les compró; podrían imponerle medidas de regeneración y obligarle a transar en asuntos sobre los que por sí mismo nunca cedería. Pero lo quieren liquidado, exánime. Fuera. Esto no es una negociación; es una cacería.

Por alguna razón, que cuesta trabajo atribuir al desconocimiento de la Constitución cuya observancia tiene encomendada, el presidente ha admitido el envite. La aceptación del encargo del Rey sin garantías de poder cumplirlo hace pensar en una tentativa de revertir la presión hacia los que le hacen la pinza. Acostumbrado a resistir, Rajoy parece dispuesto a volver a jugar con los tiempos, confiado en que soplen de ida y vuelta. Sabe que las terceras elecciones le beneficiarían y que en cambio a C’s le pueden pasar por encima. Su ventaja frente a un Sánchez cada vez hostigado por los suyos es que tiene la retaguardia tranquila. Si no está utilizando cartas marcadas, quizá quiera situar a ambos ante el vértigo del riesgo. Pero si se ha equivocado al interpretar los márgenes de la Carta Magna, una investidura sin mínimas garantías de respaldo puede ser una quedada de cazadores de Pokémon en el interior del mismísimo Congreso.

Ignacio Camacho ( ABC )

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