MÁS CHUTES NO

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MÁS CHUTES NO

La reforma constitucional (RC) es un plato de setas holandesas que customiza las alucinaciones en función del perfil ideológico del consumidor. En el conservador la RC desata temores infantiles, en el socialista obra un placebo federal, en el liberal dispara fantasías igualitarias y en el nacionalista agita directamente la libido del Estado propio. Es la misma mierda, pero a cada cual le sugiere una movida mental diferente de acuerdo con su trauma particular. La RC es muy adictiva -se vende muy bien por las esquinas de las tertulias-, y por eso mismo debe ser administrada con responsabilidad y siempre a resguardo de la policía, o al menos con la mayoría de los magistrados del Tribunal Constitucional a tu favor.

La RC está especialmente contraindicada para el español porque el español es un pozo de traumas históricos, la mitad de ellos fabricados en casa y la otra mitad comprados al extranjero. Su identidad atraviesa una adolescencia perpetua, y ya sabemos lo que hace la droga con los chicos sin autoestima. Pero a cambio el español se apasiona con facilidad por la semántica, a veces hasta el punto de alimentarse de ella cuando falta el pan. Usted dice en España reforma constitucional o endurecimiento del código penal y es probable que gane unas elecciones sin que nadie le pregunte por qué no empezamos por cumplir las leyes existentes. “¡Yo no voté esta Constitución!”, aúllan los caminantes blancos del adanismo. En España se puede ser gilipollas, pero lo que no se tolera es ser un gilipollas pasado de moda.

Sus señorías del bipartidismo han convenido solucionar lo de Cataluña reformando el texto del 78. Singularmente convencido está don Pedro Sánchez, que avanzó los derroteros jurídicos de la constituyente quitándose la corbata el día de la Fiesta Nacional. Para el sanchismo, fatalmente influido por el icetismo, España debe ser algo como el final de una boda, un baile de identidades descorbatadas, liberadas del rígido corsé de la solidaridad interterritorial, la igualdad de derechos, la unidad de mercado y otras antiguallas esgrimidas por cierrabares. Y entretanto los independentistas, por quienes se monta esta fiesta que pagamos a escote, ven pasar la conga de la RC con el desdén que al heroinómano le inspiran los porros.

Ellos verán lo que hacen. Pero me temo que los españoles del común, que han sacado la bandera al sol del otoño como quien airea un hartazgo definitivo, no están por la labor de premiar al golpista ni por dar el golpe ni por dejar de darlo. El opio del pueblo ya no es la religión sino la próxima Constitución. Pero la calle está llena de rehabilitados, españoles que se han quitado ya de la tóxica reverencia al nacionalismo y que no van a recaer. Lo avisaron Los Calis: más chutes no.

Jorge Bustos ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor

 

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