MAS Y EL PODER ESQUIVO

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MAS Y EL PODER ESQUIVO

Artur Mas es uno hombre en el centro de su empeño. Pero a diferencia de Hitler o Mandela, de Margaret Thatcher, de Fidel Castro o de Ronald Reagan, su fuerza no es el empuje de ningún ideal y la independencia de Cataluña es lo que simplemente se ha encontrado por el camino.

Como todo alumno de la escuela Aula, Mas salió con la emotividad mutilada y con más disciplina y formación que propósito para usarlas. Más método que finalidades. Más fascinación por el mecanismo que ideas favorables a los intereses de la Humanidad. Lo de la escuela Aula es importante porque deja huella en el carácter. Joan Maria Piqué, jefe de prensa del expresident, exasperado por las evidentes taras escolares de su jefe, me dijo, mientras todavía estaban en la oposición: “Cuando lleguemos al poder lo primero que haremos es cerrar Aula y quemarla”.

Mas puso su empeño y su técnica en ser presidente de la Generalitat pero sin la sensibilidad y la empatía del presidente Pujol, que no sólo conocía mejor que nadie a los catalanes sino que empataba con sus virtudes y sus defectos, y tuvo la inteligencia de crear Convergència i Unió a imagen y semejanza de lo que Cataluña era y no de lo que él quería que fuese. Porque es importante decir en este punto que, pese a su cinismo, su alta inmoralidad, y la banda organizada en que convirtió a sus hijos, Pujol fue el primer independentista de Cataluña, el que de un modo más radical, culto y profundo ha pensado que la independencia es la única manera de que pueda sobrevivir la esencia de lo que él considera su patria.

Forma parte de esta convicción, y de su inteligencia, que siempre supo que los catalanes no le seguirían en la aventura de separase de España, y por ello siempre se declaró antindependentista y hasta estuvo frontalmente en contra, mientras fue president, de la reforma del Estatut que forzó Carod-Rovira a cambio de darle al PSC (primero a Maragall y luego a Montilla) la presidencia de la Generalitat; y forma parte de su cinismo y de su inmoralidad que pactara con los sucesivos gobiernos del Estado inmunidad para las fechorías de sus hijos -y las suyas- a cambio de contener un independentismo que es cierto que sentía pero que sabía que ni tenía el apoyo mayoritario de los catalanes ni posibilidades razonables de éxito.

Mas no tiene ni la información, ni el conocimiento, ni la cultura, ni la profundidad de Pujol. Tiene su cinismo, y aunque no involucró a sus hijos, tuvo firma en la cuenta suiza y opaca de su padre, y en su propósito de ser presidente de la Generalitat se valió de la financiación irregular de su partido que no sólo conocía sino que autorizaba y usaba para su beneficio político.

Y guiado sólo por su afán concreto de ser presidente, primero forzó al alza la negociación del Estatut en 2005 -por querer debilitar a ERC haciéndoles quedar como a unos “botiflers”- y luego pactó rebajarlo con Zapatero porque el entonces presidente le prometió a cambio que el PSC le prestaría su apoyo para ser president. Siempre por el poder, nunca por su contenido. Aula.

Ya de president, tras un año de emprender las reformas adecuadas y de una gestión responsable -Aula siempre fue buena enseñando mecanismos- sus encuestas internas del mes de abril de 2012 le vaticinaban un considerable retroceso (de 62 diputados a una horquilla entre 53 y 57), y para remediarlo decidió caldear los ánimos para celebración de la Diada en septiembre, convocando machaconamente a los catalanes a manifestarse en favor del concierto económico o pacto fiscal, haciendo un uso propagandístico no sólo de los medios de comunicación públicos que controlaba sino entregando exageradísimas cantidades de dinero al principal grupo de comunicación de Cataluña, el grupo Godó, que con José Antich como director de La Vanguardia no sólo apoyó a Mas en su estrategia sino que fue su punta de lanza. La entrega fue total pero el precio alto: el grupo Godó recibió aquel año 7 millones de euros del ayuntamiento de Barcelona, también controlado por CiU bajo el mandato de Xavier Trias, y 5 de la Generalitat.

La trabajada manifestación pareció salirle bien por la afluencia masiva de participantes, pero fue el principio de su final, porque la reclamación del pacto fiscal fue sustituida por la de la independencia, que es un terreno en el que Mas no ha tenido nunca ninguna credibilidad, hasta el punto de que quiso recoger los frutos de aquella manifestación que él mismo había excitado -sin comprender que se le había escapado de las manos-, adelantó las elecciones apelando a “la voluntad de un pueblo”, pensando que conseguiría los 6 escaños que le faltaban para la mayoría absoluta (68), y le sucedió todo lo contrario: perdió 12, casi los mismos que recuperó Esquerra (11), y por aferrarse al cargo se fue dramáticamente al terreno de Esquerra, en el que Junqueras resulta un líder mucho más apreciado. El referendo del 9N fue la estrategia que Mas pensó que le permitiría ser president con el apoyo de ERC y a la vez quedar mejor con los independentistas que los republicanos, y comerles la galleta electoral. Para evitar líos con el Estado -porque lo que quería el poder y no la independencia- renunció al prometido referendo y lo rebajó a pachanga participativa; y para hacerse el valiente con los soberanistas, quiso durante aquella jornada dotar de solemnidad intelectual lo que políticamente había prostituido algunas semanas antes.

Todo le salió mal: ha sido procesado por desobediencia, Junqueras es hoy mucho más líder que él, y de tanto adentrarse en el terreno de Esquerra, se acabó perdiendo en el jardín de la CUP, que lo encontraron cautivo y desarmado y lo mandaron “a la papelera de la historia”, según sentencia de uno de los dirigentes antisistema.

La carrera de Mas por retener el poder terminó en enero, cuando expiraba el plazo para evitar la repetición de las elecciones -ante el bloqueo de Anna Gabriel, que se negaba a votarle para que fuera president- y sus asesores le invitaron a retirar su candidatura, porque sabían que unos nuevos comicios no sólo él perdería la presidencia sino también Convergència perdería la Generalitat, derrotados por la Esquerra centrada de Junqueras. Lo que se vendió como un acto de generosidad fue un movimiento a la desesperada para que su partido no perdiera las prebendas de la presidencia de la Generalitat.

Tras anunciar Puigdemont que no volverá a ser candidato -algo a lo que se comprometió con Mas cuando le ofreció la presidencia, y que no ha sido espontáneo como los dos han querido ahora hacer creer-, a Mas le faltó tiempo para volver a postularse, con el doble discurso de decir en Madrid que una tercera vía entre la independencia y el “inmovilismo” de Rajoy es posible, y el de mantenerse en Cataluña desafiante ante la Justicia y el Gobierno. Exactamente la misma doblez que el 9N.

Es su último asalto al poder, sin partido, sin credibilidad, carcomido por la corrupción y a punto de ser inhabilitado. Él todavía apela a la épica, pero dónde está. Querrá presentarse como un mártir de España cuando éste es un partido que ni ha llegado a jugarse y en cualquier caso, por su torpeza, su ignorancia y su escuela Aula ha sido de largo su mejor aliado.

Salvador Sostres ( ABC )

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