MIS AMIGOS CATALANES

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MIS AMIGOS CATALANES

Lo primero que tengo que decir de mi encuesta es que a todos les ha costado hablar del asunto y he tenido que insistir para obtener su opinión. Lo atribuyo a que unos están hartos del tema y otros desencantados, diría incluso avergonzados, pese a que eludí hablar del «España nos roba» y de los últimos escándalos. Quería hablar con ellos de las relaciones entre España y Cataluña, si podían reconducirse o estamos condenados a no entendernos.

El pesimismo dominó sus respuestas y la inmensa mayoría daría lo que fuese por salir del atolladero en que se hallan, sin conseguirlo. Como era de esperar, hay diferencias entre ellos, como se aprecia en su asignación de culpas. Hay los que se la atribuyen al Gobierno español por haber judicializado el asunto, que ven esencialmente político, y hay los que se la atribuyen a sus dirigentes, por haberse metido en un proceso como quien se tira a una piscina vacía. Pero noto una diferencia notable en esta percepción.

En anteriores ocasiones, los que culpaban al Gobierno central superaban a quienes la descargaban en sus políticos. Esta vez tal proporción ha dado la vuelta y el descontento con sus partidos, tanto de gobierno como de la oposición, se ha generalizado, rozando la descalificación en muchos casos. En este tema, no parece haber apenas diferencia entre Barcelona y Madrid.

¿Qué saco en limpio de la modesta encuesta entre mis amigos catalanes? Pues que no va ser fácil que renuncien al «derecho a ser diferentes (superiores)», que si todos los españoles somos distintos (superiores), en realidad somos más iguales de lo que creemos y que si España quedaría mermada sin Cataluña, Cataluña quedaría aún más mermada sin España, a no ser que pretenda convertirse en otra Andorra, otro Gibraltar, otra Malta, un paraíso fiscal, cuando los paraísos fiscales tienen los días contados.

La solución podría estar en unos Estados Unidos de Europa. Pero quedan lejos. Es una verdadera pena que cuando Europa se ha puesto esa meta, los catalanes dediquen su tiempo y esfuerzos a trocear el Estado español. Esa es la mayor de las paradojas: que siendo los catalanes más europeos que el resto de los españoles, son los más alejados del proyecto que se fragua en Bruselas, y ahí los tienen, impertérritos pese a las calabazas que desde allí reciben. ¿Cómo es posible?, se pregunta uno. Y la única respuesta que encuentra es que los catalanes son españoles, quiero decir orgullosos, testarudos, románticos, crueles, imprevisibles, que disparan primero y apuntan después, convencidos de que, como lo suyo, nada.

Ninguna razón nos persuadirá de que estamos equivocados y sólo la realidad puede imponernos su ley de hierro de que «lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible». Pero convencernos, jamás. De Gaulle se preguntaba «¿Cómo se puede gobernar un país con cuatrocientos tipos de quesos?» ¿Cómo se puede gobernar un país con cuarenta y siete millones de ciudadanos convencidos de tener razón?, podríamos preguntarnos los españoles.

José María Carrascal ( ABC )

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