MOCIÓN DE AUTOCENSURA

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MOCIÓN DE AUTOCENSURA

El ambiente general, con el martinete de la corrupción martilleando en la prensa a políticos, empresarios, magistrados, fiscales, periodistas y policías comenzaba a recordar la atmósfera irrespirable de la legislatura del 93, cuando Felipe González sangraba por los cuatro costados y su Gobierno se disolvía como un azucarillo putrefacto. Tal vez sea eso lo peor de todo: que 15 años después estamos de nuevo donde el PP nos prometió que jamás volveríamos a estar si le votábamos.

Bueno, pues así estaban las cosas cuando, voilà, a Pablo Iglesias no se le ocurre mejor idea que ir al arsenal armamentístico del Parlamento y sacar de allí la madre de todas las bombas, la moción de censura, que sólo se ha utilizado dos veces, y con resultados dispares, en cuarenta años de democracia. Felipe la utilizó con éxito retardado contra Suárez para presentarse a sí mismo como un candidato capaz de acceder a la presidencia del Gobierno y a Hernández Mancha, seis años después, le explosionó en las manos cuando intentaba hacer algo parecido.

Ahora Iglesias pervierte el carácter constructivo de la moción de censura y pretende utilizarla como un mal sucedáneo del debate sobre el estado de la nación. Ni siquiera está claro que quiera postularse él como candidato alternativo. No se trata de mostrarle al país que existe un plan B, mejor y más viable que el que encarna Rajoy, sino de embarrar aún más el terreno de juego. Cree que el lodo le beneficia. Pero se equivoca. Ninguna de las tres consecuencias principales de su bravuconada le vienen bien.

Para empezar le da árnica al PP por partida doble: desplaza de las portadas el fétido olor de las cagadas del charrán de Génova y convierte a la oposición parlamentaria en el ejército de Pancho Villa. Ya no hay un bloque compacto contra el Gobierno, sino una colección de partidas que hacen la guerra por su cuenta. El que se va a quedar sólo esta vez no es Rajoy, sino el propio Iglesias.

Si el líder de Podemos quería hacer una exhibición de largueza estratégica, el tiro le ha salido por la culata. Ahí queda el rastro de su verdadera impronta: toma las decisiones sin consultar con su grupo, se tira a la piscina sin saber si hay agua, entorpece la unidad de acción de los detractores de Rajoy y se presenta a sí mismo como un charlatán de feria incapaz de conseguir un solo apoyo para su causa. Pincho de tortilla y caña a que después de esto Iglesias pasará a la historia como el inventor de la moción de autocensura.

Luis Herrero ( ABC )

viñeta de Linda Galmor

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