MURCIA EN CAMELOT

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MURCIA EN CAMELOT

Cuando hablo con el hombre de Pedro Sánchez, da la impresión de que no quieren ganar, gobernar, echar al PP: quieren arreglar España, quieren Camelot. Pero Camelot fue un invento de Jackie Kennedy que confundía caballeros de brillante armadura y presidentes con gnomos de jardín. Lo primero que le pongo por delante es una noticia reciente de El País: «La tensión interna fuerza al PSOE a debatir su modelo territorial». Me lo niega, categórico y casi vaticano. “No hay nada que debatir.

Nuestro modelo territorial está resuelto: resoluciones del 39º Congreso, declaraciones de Granada y Barcelona. Ha sido debatido y aprobado. Roma locuta, causa finita”. ¿De dónde sale esa información, entonces? “Pues de uno de los miembros del consejo editorial, por ejemplo Rubalcaba“. Rubalcaba, aún el viejo PSOE mefistofélico. En realidad, no hay nada que pueda “forzar” a Sánchez, que domina el partido. Susana ya sólo es una folclórica cabreada. Como Prisa, seguramente.

Al hombre de Pedro le digo que, de todas formas, nadie entiende su modelo, su jaleo, su plurinacionalidad deshilachada; que todo parece un acertijo o un ‘Mcguffin’ mientras se intenta apaciguar a los independentistas. “Nuestra intención no es apaciguar a nadie. Tan sólo proponer un modelo y un método”. El equívoco vendría de pensar en ese modelo como un molde hecho ya en pizarra, cuando es más como un método líquido. “Es sólo un modelo de inicio para debatirlo en el Congreso de los Diputados”.

A partir de ahí, diálogo y consenso. No habría pues vaguedad con las naciones, su número o sus dineros, las simetrías o asimetrías, el encaje de los viejos fueros y los previsibles encastillamientos orgullosos, ya que eso es precisamente lo que se tiene que debatir. Pero no el PSOE en una cueva, sino entre todos los partidos. Le pido que me aclare qué se puede hacer ante ese 1-O que parece una apuesta con vino, una porra de domingo, si hay margen para la negociación como han dicho Margarita Robles o el propio Sánchez. “Ante el referéndum, la legalidad vigente. Ahí estamos con el Gobierno. Pero una cosa es dejar claro que no vamos a participar en un referéndum ilegal y que apoyaremos todas las medidas que el Gobierno tome, y otra cosa es quedarnos de brazos cruzados y fumándonos un puro como hace Rajoy. Eso sí: el diálogo, siempre dentro del Congreso”. Sin bilateralidades, sin tratos tras las cortinas, sin veneno ni gollería en el té de embajada.

Voy, entonces, al morbo. ¿Sería Madrid una nación? ¿O Murcia? “Eso no se establece en ningún sitio. Después de la reforma territorial de la Constitución, serán los estatutos de autonomía y la voluntad de sus ciudadanos los que califiquen su realidad”. Al gusto. Yo le replico que eso será caótico, impredecible e impracticable. Que nadie querrá ser menos, que todos reclamarán su referéndum y su nacioncita siquiera para fastidiar la verbena del vecino. Un largo esperpento. Y, al final, para contentar a los de siempre. “Bueno, ahora la Constitución dice que hay nacionalidades y regiones y no hay problemas”.

Tengo que sonreír pensando si acaso no le parece un problema la que tenemos liada descosiendo España como un traje viejo de torero. Le pregunto, por último, en qué se diferencia Sánchez de aquel Zapatero con sonrisa de espantapájaros de musical. “Nada que ver. Pedro se ha zampado a todo el antiguo PSOE él solito”. También se puede zampar España dividiéndola en cajones de frutos secos. Dejo al hombre de Pedro y me quedo dándole vueltas a cómo encajarían Cataluña, el País Vasco, Navarra, Valencia y Andalucía en el mismo Camelot. O lo que es más vertiginoso: cómo encajaría Murcia.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )