Que nadie dé por muerto al PP

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Que nadie dé por muerto al PP

Anunciar la muerte del adversario político, predecir males y desdichas, que es el arte del agorero –según el DRAE– es siempre un ejercicio vistoso, pero que coincide más con los deseos propios que con la realidad. Pregonar que la sentencia de Gürtel –aunque sea un caso circunscrito a dos municipios– acabará con la muerte del PP y que con él se abre un nuevo ciclo político, hubiese sido como decir que con el caso Filesa –trama de empresas creada por el PSOE para financiarse ilegalmente, según quedó probado y sentenciado– el socialismo español cavaba su tumba. No fue así. Se sometió a las urnas y, por este y otros motivos, dejó La Moncloa.

Debe perseguirse y condenar jurídicamente cualquier tipo de corrupción –y legislar en este sentido, como el actual Gobierno ha hecho–, pero no inhabilitar a un partido entero. Sobre todo, cuando ha quedado demostrado que este caso corresponde a una etapa que ha sido superada y que ni ministros, ni altos cargos del Gobierno, ni los actuales dirigentes del PP han sido condenados. Tampoco Mariano Rajoy. El voto particular del magistrado Ángel Hurtado, en contra de sus colegas del tribunal, discrepó de condenar al PP al no ser éste conocedor de lo que sucedía en Majadahonda. Si no quedaba demostrado, bajo su punto de vista, que el partido se estaba lucrando, no puede condenar a todo el partido, sino a los responsables concretos de acciones concretas.

El PP puede dejar el Gobierno si así lo mandan las urnas, como es lógico y como así ha sucedido en otras ocasiones, pero no es aconsejable forzar la maquinaria institucional hasta hacer creer que se ha producido una parálisis institucional. Si se produce es porque precisamente se ha presentado una moción de censura que no encontrará apoyos suficientes, a no ser que se quiera sostener con aquellos que sólo buscan el colapso del Estado. Hay que tener cuidado con utilizar la terminología populista de «echar al PP» porque estaríamos expulsando al 33% del electorado, a 8 millones de ciudadanos.

El PP es un partido sólido que, muy a su pesar, ha tenido que bregar con sumarios de corrupción que corresponden a etapas anteriores del partido –estamos hablando de que el primer caso es de 1999–, justo en el periodo en el que el Gobierno ha gestionado la peor crisis económica, con unos resultados positivos que por ellos solos valen una legislatura completa. Es injusto no reconocerlo, pero eso entra en la lógica de la política, aunque deberán ser las urnas quien lo diga. No estamos hablando de un partido «instrumental», sino una formación central en la vida española –como lo ha sido el PSOE– de los últimos cuarenta años, la que ha representado al votante de centroderecha, con una visión de España, de la economía, liberal y tolerante. Hablamos de las llamadas «mayorías silenciosas» que trabajan, pagan y impuestos y quieren que sus políticos sean ejemplares y actúen correctamente.

Aun en las peores condiciones, el PP mantiene su nivel de votantes, como así lo refleja un sondeo de NC Report que publicamos hoy. Sin duda, se ha producido un bajón de las expectativas, como detectaron los efectos de la crisis, pero comparado con el sondeo del mes anterior el descenso no llega a un punto (0,7%). El fuerte ascenso de Cs no le permite superar al PP, aunque sí ponerse por encima en votos del PSOE y dejar a Podemos como cuarta fuerza. En todo caso, el mapa electoral que se dibuja es que el bloque de centro de derecha tiene la mayoría. Reiteramos nuestra opinión ya expresada en otros editoriales que por sentido de Estado y aras de la estabilidad es necesario agotar la legislatura y no adelantar las elecciones.

La Razón

viñeta de Linda Galmor