NIÑOS Y DEMONIOS

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NIÑOS Y DEMONIOS

Lo que está pasando en Cataluña, en España, me hace sentirme apenado, provisionalmente desesperanzado. Es eso lo que siento -comprendedme-, más que ira, indignación o determinación.

Con pena y desesperanza, lo sé, no se va a ninguna parte. Son sentimientos. Y muchos quieren llegar muy lejos a lomos de sus sentimientos. No podemos decir “en razón de sus sentimientos”, pues los sentimientos, como se está viendo, ahogan la razón y las razones, eso sí, en complicidad con los intereses, el cinismo y la mala intención. Y las trampas. Los sentimientos exacerbados son una trampa, para uno mismo y para los demás. Chantajes sentimentales.

La pena, en lo más hondo, me viene de la perplejidad. Cuesta creer que después de 40 años todavía no sepamos en qué consiste la democracia, qué valor tiene la ley.A qué obligan a todos y a cada uno en beneficio de todos y cada uno. Que no sepamos que la democracia y la ley -inseparables- facilitan nuestros deseos y libertades, indudablemente a base de canalizarlos según unas reglas y de moderarlos, con esas mismas reglas, para satisfacer los deseos y las libertades -y derechos- de los demás.

La democracia propone una posibilidad imperfecta de armonía -con tensiones razonadas y encauzadas en diálogo- que, según vemos estos días, no entienden los impacientes, los que tienen la perversidad infantil y narcisista -“mío, mío”, “yo, yo”- de reivindicarse como el centro de todo, únicos y diferentes, siempre demandantes, siempre contrariados, siempre exigentes de atención exclusiva, siempre egoístas, siempre esquivos u hostiles a las normas, siempre desdeñosos respecto a los deseos y voluntad de los demás. El nacionalismo político exacerbado tiene muchas caras -y más, hoy-, pero una de ellas es el infantilismo: “quiero, quiero”.

El Código de Tráfico es muy importante, pero casi es una lástima que para no pocos sea más importante e, incluso, respetable y respetado que la Constitución. El Código de Tráfico nos permite circular libremente, llegar a donde queremos ir -¿cómo llegaríamos al destino elegido con coches en dirección contraria?-, y tal vez por ello admitimos que nos impone restricciones. Y aceptamos que su vulneración acarree multas, sanciones y hasta la retirada del carné de conducir. ¿Adónde iríamos si todos -acuciados por el capricho, la comodidad o la necesidad subjetiva- aparcáramos en doble fila? ¿Iremos en dirección prohibida sólo porque nuestro domicilio está a diez metros de una esquina?

No creo, ni quiero creer, con Gil de Biedma que “de todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España/ porque termina mal…”. Ni termina, ni termina mal. Pero el momento es triste. Sobre todo, porque hemos hecho mucho para que no lo fuera. ¿Cuándo y cómo expulsaremos a nuestros demonios?

Manuel Hidalgo ( El Mundo )