¡ No caerá esa breva !

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¡ No caerá esa breva !

No es que me preocupe en exceso el porvenir de los gibraltareños, aunque tampoco les desee nada malo. Habré estado cuatro o cinco veces en la colonia, no tengo amigos allí, ni ninguno de allí ha venido a ser amigo mío por aquí, con lo que mis apreciaciones sobre el peñasco y sus alrededores humanos no están condicionadas por relación alguna. Me revienta un tanto el aire de perdonavidas que se gastan los roqueños con los andaluces de alrededor y los españoles en general, ese indisimulado desprecio con el que hablan de España o ese creerse que descienden de la pata izquierda de Enrique VIII, pero por lo demás nunca me han ocupado más que para la divertida paradoja de su pretendida ascendencia británica y el acento meridional con el que hablan el español. Lo que pase con la Roca, en suma, me trae sin cuidado, excepción hecha de los perjuicios que causen a su entorno, al fisco español o a los intereses nacionales en conjunto.

Como consecuencia del auge de las expectativas de los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE, el pirómano de Cameron, vestido de bomberito, ha visitado el Peñón. Cierto es que ha vuelto a toda prisa como consecuencia del ataque a la diputada laborista en Leeds, pero ha tenido tiempo para hacerse la foto imprescindible con la que decir a los británicos que como tonteen mucho con el Brexit van a perder la última colonia que les queda. ¡De aquel Imperio inacabable a lo de hoy!

La presencia de ese cadáver viviente –al que apuñalarán los suyos, en la más pura tradición de los conservadores británicos– ha sido tolerada por el Gobierno español, que tiene que quejarse de oficio, pero que comprende que rebusque en cualquier rincón los argumentos necesarios para convencer a sus raritos compatriotas. Pero más allá de acciones y reacciones ha quedado claro que Camerón de la Isla ha pretendido señalar una realidad incontestable: si Yunaited Kindon sale de la UE, arrastra consigo a Gibraltar y la deja fuera del chollo. El chollo es estar en Europa y permitirse ser un reducto fiscal tremendamente rentable para los poco más de treinta mil individuos que viven ahí pero que procuran tener casa en Sotogrande. Si el 23 salen de Europa, la frontera de la Unión se sitúa en La Línea de la Concepción, justo donde acaba el territorio común.

Y las llaves de esa frontera las tiene España, que puede «implementar» (como se dice en el Tertulianés descrito por el maestro Burgos) las políticas que más le convengan: abrir, entreabrir o, directamente, cerrar las puertas, con lo que los capitales no salen y los cartones de tabaco no entran. Un parque temático en el que hay más sociedades que individuos no puede permitirse ciertos aislamientos; los negocios basados en turismo, asistencias portuarias, apuestas, servicios financieros y demás no funcionan con las puertas cerradas. De ahí que las propias autoridades gibraltareñas hayan elevado un lamento en forma de advertencia: si salen de Europa tendrán que replantearse su relación estructural con España, ya que, de alguna manera, han de tener una pata metida en territorio comunitario. Quedarse agarrados a un pedrusco no parece el futuro ideal.

Cosas de la vida. Tantos años aguantando la prepotencia de toda esa pandilla de arrogantes para ahora verles nerviosos ante la expresión máxima del carácter al que dicen pertenecer: el aislamiento del continente largamente soñado por la autarquía isleña. Nadie en su sano juicio desea una salida británica de la Unión, que tanto perjudicaría a propios y extraños, pero reconozcamos que algún efecto colateral como consecuencia de ese paso sería suficiente para exclamar lo que decía el profesor Sosa Wagner hace un par de días: ¿salida de la Gran Bretaña de Europa? ¡No caerá esa breva!

Carlos Herrera ( ABC )

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