«No» no es «no»

esquelero

«No» no es «no».

¿De qué está hablando Sánchez? De «no es no», y eso es todo. Sencillo y comprensible, se diría. Mas la tautología oculta siempre, en su incurable charlatanería, que su ruido nos habla de otra cosa. Nadie enuncia que «A es A», si no tiene en la mente pasar bajo silencio a un tercero furtivo. Y es que está hablando siempre, no de lo real que invoca, sino de su deseo. Que no es muy confesable. Nadie consagra nunca un enunciado huero -«no es no»-, si no está sopesando cómo entre el «no» y el «no» se juega una fractura, a cuyo través salvar su cabeza.

No-es-no da el paradigma del tipo de enunciados cuya oquedad opera como pantalla que oculta otra cosa: la contraria muy verosímilmente. Muy poco confesable, desde luego, para el que habla sólo para ocultarla. El clásico más clásico del siglo XX acuña la locuaz paradoja que subyace al que niega: «El contenido de una imagen o de un pensamiento reprimidos puede abrirse paso hasta la conciencia bajo la condición de ser negado. La negación es una forma de hacer perceptible lo reprimido». No-es-no gira una vuelta más de tuerca al absurdo que asume afirmar lo negado. Dos «noes», que un «es» liga afirmativamente, son modo paradójico de jugar al «lenguaje Humpty-Dumpty»: las palabras imponen lo que dice el que manda, que es el único amo del diccionario. Sin el ingenio, claro, del sutil Lewis Carroll. Telón de ruido y humo, esas palabras. Su función significativa: cero.

¿Por qué quien administra seis millones de votos de asqueados electores españoles ha apostado por reducir su voz a un flatus vocis puerilmente solemne: «No es no» y punto redondo? No tendría en eso el clásico, claro está, muchas dudas: «Negar algo equivale, en el fondo, a decir: esto es algo que me gustaría reprimir». No-es-no sólo es el síntoma de lo más primordial en la precaria cabeza de Sánchez: «No, no quiero no ser». Lo que es lo mismo: no quiere ser, de nuevo, Pedro Sánchez; ese que sólo es -sólo- una triste etiqueta de la nada. Pues no tiene ante sí el líder del PSOE, de no ser presidente, más que el verse devuelto a su gris nadería. ¿Volver a lo que fue, a lo de antes de ser el rimbombante secretario? ¿Alguien recuerda qué ha sido, antes de eso, el negador audaz de negaciones?

No hay entidad mayor, eso es lo triste, en las palabras dichas. Ni motivo ideológico o político. Hay algo de más peso: seca supervivencia. Que es cualidad primera de los depredadores: y no hay político que no lo sea. Ni siquiera esa nada, a la cual la política reviste de apariencia: Pedro Sánchez.

No-es-no tiene, está claro, sus propios argumentos: no existe necedad que no los tenga. No, si esa necedad pone en envite sueldos firmes y vanidad obscena. Argumentos: sociales, sindicales, económicos, de «corrección política»… Retóricas… Pueden, en otro mundo, haber tenido fuerza. En otro mundo. En éste, el de la UE, sin el cual estaríamos comiéndonos los ladrillos desde hace ya bastante, no existe una medida, ni social ni económica, que pueda ser tomada por decisión de gobiernos concretos. Ni en Madrid ni en Dublín, ni en Berlin ni en Helsinki. Ni en ningún otro sitio. Se decide en Bruselas. Es una gran fortuna. De no haber sido así, seríamos ahora tercer mundo. Aún podemos serlo, si un día los de Iglesias aplican su propósito estratégico: «Salir del euro y devaluar moneda». Ya puestos, retornar al cocotero.

No hay nada racional en que se asiente el muro -el «no que es no»- de Pedro Sánchez. Hay el rencor, el odio: ésa es la clave. Sin sentido. Y temible.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Agustín Muro

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