NO ERA TAN LISTO

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NO ERA TAN LISTO

Ese fugitivo de la furgona, Puigdemont, ya había emitido señales inequívocas de desequilibrio emocional desde mucho antes de transitar de incógnito por su primera frontera. Y no una o un par, sino todo un surtido carrusel. Acaso de ahí la rendida incondicional devoción que le profesan los suyos.

El rasgo sin duda más desconcertante de la Cataluña contemporánea es esa permanente inclinación colectiva a depositar el manejo de la cosa pública en manos de genuinos orates. Al punto de que, excepción hecha del muy breve paréntesis testimonial de Tarradellas, sólo Prat de la Riba, el presidente de la Mancomunitat, y Montilla Aguilera, el presidente mudo, han sido los únicos catalanes mentalmente equilibrados que administraron la demarcación autónoma durante su historia moderna toda.

Un par de tipos anodinos que entretenían el tedium vitae de la existencia en asfaltar carreteras, construir ambulatorios comarcales y en esas definitivas vulgaridades administrativas que en el país petit se consideran menudencias baladíes propias de espíritus menores y apocados. Porque lo que aquí gusta, decía, son los locos. Los veraces y los impostados, que a la postre tanto monta.

Uno de los yerros recurrentes del Estado a propósito del problema catalanista es el de presumir, contra las enseñanzas de varias toneladas de evidencias empíricas, que yace oculta entre bambalinas una lúcida inteligencia superior moviendo en todo momento los hilos del secesionismo. Por alguna misteriosa razón que tal vez se pudiera aflorar en el diván de un psicoanalista argentino, las élites políticas españolas, y tanto a diestra como a siniestra, han querido persuadirse de que tras la muy tosta estampa atrabiliaria de gentes como ese payés asilvestrado se escondía un genial estratega híbrido entre NapoleónChurchill y Washington.

Sin embargo, no parece que haya que ser un superdotado para intuir que a un prófugo reo de sedición le conviene abstenerse de frecuentar las lindes fronterizas de un estado, Alemania por más señas, en cuya constitución figura un artículo, el 21, cuyo enunciado reza lacónico lo que sigue: «Son inconstitucionales los partidos que, según sus fines o según el comportamiento de sus afiliados, tiendan a poner en peligro la existencia de la República». ¿Inteligencia? ¿Audacia? ¿Genio? Más bien necedad, sino puro y simple extravío. Extravío y apego a la más arraigada tradición local.

Así, Macià, el coronel, fue en vida un pobre chiflado gagá que se hacía llamar «el abuelo» a su paso. Companys, un diletante ciclotímico capaz de embarcarse en las más disparatadas insensateces por bien poco más que un asunto de faldas. De Pujol, el cleptómano iluminado y místico, qué decir. Maragall, mejor obviarlo. Mas, un señor de traje y corbata en apariencia cuerdo que, de repente, apareció un día disfrazado de Moisés con las tablas del procés en las manos. Disfrazado y transmutado todo él. Otro cuadro clínico digno de estudio. Y en esto llegó el ido ahora vuelto. Por algo dijo su paisano común que todo lo que no sea tradición es plagio.

José García Dominguez ( El Mundo )