NORMALIZACIÓN LINGÜÍSTICA

jodernm

NORMALIZACIÓN LINGÜÍSTICA

Era cuestión de tiempo que la onda expansiva del procés terminara por alcanzar a la política lingüística catalana. Es obvio que el fracaso del independentismo ha dado al discurso más combativo con el nacionalismo una legitimidad de la que carecía. Hay que subrayarlo: sin el delirante procés, fruto podrido de un catalanismo incapaz de resistirse a los cantos de sirena del independentismo, este debate no tendría lugar. O lo tendría, mejor dicho, en los términos que eran habituales hasta que el doble salto mortal de la secesión unilateral ha dado a las palabras viejas un nuevo significado.

Ahora vemos con mayor claridad que la política lingüística, sobre la que se ha cimentado la política de identidad de nuestros nacionalismos, tenía distintas connotaciones a uno y otro lado de la frontera autonómica. Durante los años de la vigencia tranquila de la Constitución de 1978, su naturaleza cuasi-federal hizo posible la recuperación oficial de las lenguas vernáculas en las nacionalidades históricas por ella reconocidas. De ahí la naturalidad con la que se desplegaron las políticas constitutivas de la denominada normalización lingüística.

Sin embargo: lo que se contemplaba desde la perspectiva constitucional como un proceso de reparación histórica de carácter federalizante fue asumido por el nacionalismo y sus aliados coyunturales como parte esencial de un proceso de construcción nacional destinado, tarde o temprano, a colisionar con el ethos del Estado autonómico. La inmersión, en fin, tenía algo de ahogamiento.

Eso es lo que explica que el encendido debate de las últimas semanas no pueda verse solo como el resultado de la estrategia política de Ciudadanos a corto plazo, sino como la ruptura de un tabú político que solo se mantenía en pie gracias al prestigio, hoy perdido, del nacionalismo catalán. Porque, además, no se trata de poner en peligro el catalán ni de atentar contra la identidad cultural de sus hablantes, sino de corregir los excesos cometidos en su nombre.

Normalizar el castellano en Cataluña mediante una enmienda parcial a la inmersión, facilitando de paso la movilidad de los funcionarios allí donde sea posible, no es ningún ejercicio de españolismo. Do ut des: se trata del presupuesto para que el catalán y las demás lenguas españolas, pues todas lo son, puedan a su vez normalizarse sin resistencia en el resto de España. Y así deberían reconocerlo los federalistas de todos los partidos.

El Mundo