NOTICIAS DE EQUIDISTONIA

peleam

NOTICIAS DE EQUIDISTONIA

Ansiamos la equidistancia porque concede la superioridad moral entre dos cazurros notorios. El equidistante es ese cráneo privilegiado que se asoma al cuadro de la riña a garrotazos -nacionalista español contra nacionalista catalán-, esboza un mohín de olímpico disgusto y se pone de parte de… Goya. Ignora el equidistante que, desde Einstein, su posición en el cosmos ideológico es relativa, y por tanto no la decide él en absoluto sino también la mirada de los demás, incluidos los del garrote. A menudo un equidistante solo es el tonto útil de una causa a la que ni siquiera sospecha que sirve.

El equidistante es lo bastante inteligente para marcar distancias con la estelada, pero no reúne el valor necesario para reconocer su españolía sin el atenuante de la desafección. País de pandereta, vergüenza, quién pudiera no ser español, masculla en Twitter mientras apura su gintonic de enebro en una coqueta terraza de capital de provincia de la cuarta economía del euro. Su mente borgiana traza implacables simetrías sobre los demás -nunca sobre sí mismo- y reparte porciones salomónicas de culpa entre fachas e indepes, centrípetos y centrífugos, Madrid y Cataluña. Luego se sube en su nave espacial y regresa a su blanquísimo planeta, Equidistonia, lejos de este mundo banderizo donde el resto braceamos en la oscuridad.

Desde el fondo medieval de mi caverna, doblado sobre pergaminos alumbrados con cera de abeja, yo contesto al equidistante que el nacionalismo español es un unicornio azul, una salamandra que arde sin consumirse y que nadie ha visto jamás. La primera condición de todo nacionalismo es el anhelo -explícito o tácito- de levantar un nuevo estado sobre las fronteras de una nación preexistente. El propio sufijo ismo, del que tanto provecho sacó Ramón Gómez de la Serna, indica movimiento hacia, persecución de una meta. España ya alcanzó la suya -constituirse en estado independiente- hace siglos, y como tal es reconocida en todo el mundo. Pese a los esfuerzos del equidistante, el nacionalismo español no puede ser asimilado al catalán no solo porque España tiene hace mucho lo que Cataluña no ha tenido jamás, sino porque lo logró precisamente a través de la unión con la Corona aragonesa.

La segunda condición del nacionalismo es la emoción adversativa. Todo nacionalista siente que el mundo le debe algo que le fue arrebatado injustamente, pero aunque el origen de su rencor es mitológico, los efectos sobre sus vecinos son bien reales. Antes que orgullo de lo propio, el nacionalista padece el rechazo de lo ajeno. Por eso no cabe equidistancia moral entre un proyecto de cultura única y otro de convivencia mestiza, nacido del pacto plural del 78, del que pretende segregarse. Pero qué sabremos nosotros, meros sin papeles en Equidistonia.

Jorge Bustos ( El Mundo )