«Pablo Iglesias demuestra ser un mediocre intelectual y un lerdo estético»

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«Pablo Iglesias demuestra ser un mediocre intelectual y un lerdo estético»

El larguísimo panfleto autolaudatorio ‘Defender la belleza’ tiene dos cualidades: retrata a un ser, Pablo Iglesias, tan mediocre intelectualmente, tan lerdo estéticamente, tan insensible al ridículo que su sentimentalismo cursi (un cursi es un discapacitado intelectual que fuerza el postureo estético) provoca en el lector un escalofrío. El que produce la otra cara de lo feo en política: la necesidad de una enorme violencia para hacerlo pasar por bello.

Sólo en algunos momentos de la lucha por la libertad en dos siglos gloriosos, de finales del XVIII a finales del XX, en los que el liberalismo primero y la democracia después se fueron imponiendo en las sociedades occidentales avanzadas -entre ellas, España- hallamos un estilo tan adánico y prometeico como el de estos infatuados podemitas con el Muro a cuestas y el reloj parado. Ni mi paisano Isidoro de Antillón, voz entre las voces de la Cádiz de las Cortes, escapa, pese a su humildísimo origen o tal vez por ello, a la proclamación de una especie de aristocracia moral. Los grandes dirigentes obreros, sobre todo anarquistas, son también mesiánicos, pero los que sufrieron las cárceles del Antiguo y el Nuevo Régimen (‘Mis prisiones’, de Kropotkin) son conmovedoramente respetables. El gran enemigo de Marx, aquel Bakunin “de ojos color de berza” (Valle-Inclán), sin tener el genio literario que brilla en el ‘Manifiesto Comunista’, ‘El 18 Brumario’ o el Libro I de ‘El capital’, transmite más sinceridad que la prosa forunculosa de los ‘Grundisse’ o ‘La ideología Alemana’.

Pero el marxismo es la religión de la justicia a través del terror, de ahí su gancho entre cristianos sin fe. Si Babeuf era un Saint Just fuera de temporada, Lenin fue el terrorista científico barruntado por Dostoievski en ‘Los demonios’, el padre del revolucionario profesional de Julián Gorkin.

Lo que no vemos en Marx, Lenin o Trotski es cursilería. Crueldad, toda; cursilería, ninguna. Iglesias trata de compensar su indigencia teórica apelando a un ternurismo de secta y a una justificación “estructural” de la violencia típicamente comunista o nazifascista. Citar a Weber para justificar la purga del segundo de su segundo es propio de un discapacitado intelectual. Alguien que habla de la “belleza de su proyecto” es un cursi que, para hacerse respetar, nos fusilaría a todos.

Federico Jiménez Losantos ( Periodista Digital )

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