Pandora y Europa

pandora

Pandora y Europa

Nadie recuerda ya quién fue el que pidió que se abriera la caja. Nadie recuerda ya que se tratara siquiera de una caja. Cuando la criatura salió de ella, movía a la ternura. Al principio, una mueca de desagrado, quizá de espanto, corrió entre los presentes. Nadie, por muy previsor que se quiera, está preparado para contemplar un cuerpo así. Y menos aún cuando repta sobre la superficie lacada de la mesa de un organismo oficial europeo. Ahí fue. Pero sus ojos saltones, sus modales amables, sus arrullos justo antes de dormir convencieron a los ufanos e ilustrados dignatarios de que todas las precauciones habían sido, cuanto menos, exageradas.

Tal vez vanas. Nada podía acabar con Europa. Y menos aún algo tan blando. Durante tanto tiempo tantos sabios glosaron las infinitas miserias que necesariamente provocaría una acción tan simple, que ese día no hubo más remedio que enternecerse. El horror, antes de la primera sangre y justo después del último beso, siempre mueve a la compasión. Se dice que el emisario griego, el más familiarizado con el mito, el mito de la caja, incluso lloró. De emoción. El problema empezó luego, apenas unas semanas (¿o fueron años?) después.

Pronto los representantes de los Estados europeos descubrieron atónitos que la criatura se alimentaba de los miedos de unos, de los desagravios de otros y de los complejos de todos. Eso sólo al principio. Luego empezó a deglutir mentiras, insultos a media voz, lamentos color caoba, dolores de muelas, ectoplasmas (los devoraba con glotonería sin saber siquiera qué eran), fronteras infranqueables, frases deshechas, discursos manoseados sin haches ni acentos, alambradas tejidas con hashstags, burocracias polvorientas, miradas de desprecio y soflamas. Muchas soflamas. Y creció.

Y la criatura acabó convertida en el monstruo que es hoy y que ya nadie reconoce. Es ahora que el representante griego avisa de que ya lo avisó; es ahora que ya nadie recuerda quién fue el que dijo que se abriera la caja; es ahora que hasta la pereza da pereza. Hace ya tiempo que Pandora huyó. Y la criatura sigue con hambre.

El Mundo ( Luis Martinez )

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*