Pedro Sánchez es Forrest Gump

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Pedro Sánchez es Forrest Gump.

Sánchez será el primer político, desde la Transición, que entra al Congreso un martes como presidenciable y sale del hemiciclo un viernes por la noche como carne de piano bar. Incluso Calvo Sotelo –un gigante, vista la evolución de la especie– proporcionó algo de suspense aquel 23 de febrero.

Lo de Sánchez, en cambio, ha sido un despeñarse por amor al arte, el barrigazo en la piscina del amigo gracioso pero feúcho, el actor de relleno que se lleva todas las tortas de Chuck Norris, o aquel tipo que se acostaba en el suelo a la salida del instituto Pérez Galdós y nos pedía que pasáramos por encima en la estampida. Pedro Sánchez es Forrest Gump corriendo por la carretera, pero sin nadie que le siga; bueno, con Albert Rivera detrás con unas zapatillas dos tallas más grandes, totalmente inapropiadas para las largas distancias.

La otra enseñanza verdadera del debate es que, a menos que lluevan ranas –una vez cayeron chuzos verdes, según documentó Paul Thomas Anderson en Magnolia–, España va de cabeza a unas nuevas elecciones generales en junio.

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