EL PELIGRO DE ABRIR EN CANAL LA DEMOCRACIA

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EL PELIGRO DE ABRIR EN CANAL LA DEMOCRACIA

La reforma constitucional se ha convertido en un mantra necesario, en una especie de ilusión óptica sobre la que se está prefabricando la doble idea de que la Constitución de 1978 está obsoleta, y de que cualquier modificación que se haga resolverá automática y milagrosamente todos los problemas de España. El desafío secesionista de Cataluña ha abierto el debate político. Pero también lo empieza a estar socialmente, con grupos políticos empeñados en hacer creer a los españoles que la raíz de los males de nuestra democracia provienen de una Constitución que no se modifica por comodidad, miedos atávicos, por la no superación de complejos derivados de una Transición sobredimensionada y superada, o por temor a reabrir un nuevo periodo democrático o al «encaje» de nuestro modelo de Estado.

El populismo, la concepción de una política extremista basada en una exageración límite de la «indignación» social, la presión chantajista de los nacionalistas, la deriva del independentismo, o el propio desconocimiento de nuestra historia, apuntan a un intento de erradicación de los principios y valores de la Carta Magna de 1978, sencillamente porque el «modelo» ya no les sirve. Y el debate ha empezado a calar en una sociedad con al menos dos generaciones de españoles que no vivieron la Transición, y a las que se está empujando a percibir nuestra norma fundamental como desgastada, extemporánea y perpetuadora de un modelo anticuado.

La reforma de la Constitución no puede convertirse en un proyecto antisistémico para alcanzar una nueva transición que deslegitime nuestra historia y el espíritu conciliador de 1978. El valor de la democracia representativa frente a la democracia orgánica, centralizada, popular, directa o participativa, es el valor de las instituciones frente al caos.

Manuel Marín ( ABC )