PENA DE DESTIERRO

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PENA DE DESTIERRO

El ministro de Justicia ha dicho en EL MUNDO que Puigdemont «ha elegido para sí una pena de destierro de 25 años, que es el periodo de prescripción de los delitos que se le atribuyen». El ex president de la Generalitat debe de ser el único presunto delincuente español que disfruta del privilegio de elegir su pena.

En cuanto un reo entra en prisión, le quitan el cinturón y los cordones de los zapatos. Basta con esta instrucción para hacerse una idea de cómo debe de ser una estancia la cárcel: un lugar donde la primera medida que toman los funcionarios con el preso que entra es evitar que se suicide. No parece que la decisión de Puigdemont sea tan disparatada; lo que es insólito es que para él sí hubiera un derecho a decidir y que el Gobierno lo asuma con la cristiana resignación que se desprende del entrecomillado de Rafael Catalá.

Santi Vila pasó una noche en Estremera y su relato no es Archipiélago Gulag pero es muy descriptivo del shock que sufre un ciudadano alfa cuando cata el ambiente carcelario. Es gente que ya en el metro parece alienígena.

El disidente oficial ha escrito un libro donde se reprocha no haber dimitido como consejero de la Generalitat tras las sesiones del 6 y 7 de septiembre en el Parlament. Su examen de conciencia interpela al Ejecutivo: ¿acaso no debe reprocharse el Gobierno el no haber aplicado entonces el 155? De aquella indecisión vienen estos destierros voluntarios, hiperactivos y meramente físicos, que no políticos. La única excusa para la demora fue aquel «Yo no podía ir solo» que Rajoy pronunció un desayuno. No hay noticia de los dos partidos que no quisieron acompañarle entonces, quizás porque nadie les ha reclamado todavía una reflexión al respecto.

Vila es de los que cree que si Twitter no hubiera existido, Puigdemont no habría sufrido el ataque de vértigo que le condujo a declarar la independencia. Es una teoría pavorosa, por cuanto Twitter es la gran mentira contemporánea y quien mejor debía saberlo es el líder del nacionalismo catalán, movimiento que convirtió en un arte la descomunal y absurda capacidad intimidatoria de la red social.

Puigdemont está a unos días de convertirse en un reclamo turístico de Bruselas. Tomarse Twitter demasiado en serio empequeñece a las personas. Pero al menos conservará los cordones y el cinturón; y es más de lo que puede decir Oriol Junqueras, que ya tarda en reclamar su derecho a una indigna, cobarde y larga pena de destierro. La única pena voluntaria, quizás porque no es una pena sino un vano consuelo. Para ministros.

Rafa LaTorre ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor