Pero Rita, ¡ Qué decepción !

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Pero Rita, ¡ Qué decepción !.

¡Pero qué decepción! Nosotros que creíamos que estábamos ante la reedición del juicio del incendio del Reichstag. En el banquillo entonces Georgi Dimitrov, comunista búlgaro, acusado por las autoridades nacionalsocialistas alemanas de haber ordenado el incendio al infeliz holandés Marinus van der Lubbe. Para los nazis, recién llegados al poder, era aquel incendio el pretexto para la primera gran operación contra la oposición. Al final pagó el pato el pobre infeliz holandés, porque Dimitrov se defendió en un proceso para la historia. En los meses previos al juicio, en prisión, había aprendido la lengua y derecho alemán.

Eso es estudiar, no lo que hace la pandilla de comunistas de Somosaguas con sus intercambios de favores, que llegan a profesores sin saber que Richard Nixon no es Ronald Reagan, la Ley de Gravedad no es la de Relatividad ni Newton se apellida Einstein. Dimitrov se defendió con las leyes alemanas en la mano y en una lengua alemana de la que un año antes no sabía palabra. Y su autodefensa fue tan arrolladora que los jueces, que aun eran los de la República de Weimar que los nazis no habían podido aun aterrorizar ni relevar, lo absolvieron. Y Dimitrov volvió a Moscú donde encabezaría la Komintern con Stalin hasta 1945.

Rita Maestre podía haberse levantado y explicado por qué había perdido los nervios ante el atropello que para el laicismo supondría la presencia de esa capilla en la universidad. Podía haber hecho un alegato en favor de la «acción directa». Y anunciar incendios de verdad. «Arderéis y va en serio». O asumir el año de cárcel como un honor y una medalla en la lucha que cree justa. Todos los medios televisivos se habrían deshecho en loas entusiastas. Pero no, no hubo heroísmo ayer en el juicio a Rita Maestre por entrar en la capilla católica universitaria y agredir a quienes allí estaban con el allanamiento, actitudes violentas y amenazas de muerte llenas de odio y evocación de terribles sucesos criminales contra los católicos perpetrados por comunistas hace ahora 80 años. No hubo un gallardo Dimitrov. Ni siquiera un joven Fidel Castro que, aun lejos de ser el sórdido megacriminal posterior, se defendía con coraje en el juicio por el fracasado asalto al cuartel de la Moncada en 1953 con aquella memorable frase del «la historia me absolverá». Todo lo contrario, una apenas perceptible voz pija de niñata malcriada se disculpaba con un patético «si llego a saber las consecuencias no lo hubiera hecho».

Lo peor no es ya la certeza de que muchos de que gran parte de este movimiento, que en una pirueta grotesca de la historia está tomando el poder, son niñatos de séptima categoría que solo medran por la absoluta postración de la democracia española. Lo peor es el inmenso y omnipresente coro de la complicidad exculpatoria, tan falaz en sus argumentos como transparente. Ya dejan entrever cuáles presentarán cuando deban justificar males mucho mayores con daños y dolor infinitamente más graves.

HERMANN TERTSCH ( ABC )

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