PRIETAS LAS LENGUAS

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PRIETAS LAS LENGUAS

El liberticida sólo es un tipo que defiende su derecho a negarle a otros sus derechos. Esto se entiende muy bien cuando se refiere a las cuestiones morales. La oposición al matrimonio homosexual es un buen ejemplo. Aunque en España, donde la perversión liberticida despliega toda su maldad es en la inmersión lingüística en Cataluña. Todos los liberticidas presentan rasgos comunes -todos se parecen una barbaridad- pero los que se oponen a que dos hombres se casen al menos han doblegado su personalísima superstición, protectora de trascendentales abstracciones, a la fuerza de la ley. No es una cuestión menor. Es, más bien, un abismo ético. En su favor.

Cataluña no es una anomalía en el mundo desarrollado únicamente por la marginación de una de sus lenguas oficiales sino sobre todo por haber conseguido disfrazar de progresista y avanzado algo tan reaccionario como la cohesión nacional. Y por haber conseguido cautivar con este cebo marcial a la izquierda, si bien se trata de la izquierda menos ilustrada de todo el continente.

Lo sorprendente es que los obispillos de la inmersión no han necesitado un esfuerzo discursivo. Les ha bastado con la pura imposición. Prueba de ello es que después de haber invertido tanto dinero público todavía se presentan con un argumentario desarrapado cuando alguien pregunta -casi siempre muy tímidamente- por la razón por la que se niega a los padres el derecho -reconocido por los tribunales- a elegir para sus hijos el castellano como lengua vehicular en la escuela.

Oponen el argumento de la cantidad, pues son dos o tres quienes lo demandan; pero eso se contradice con el de su carácter destructivo, pues también aventuran que logrará la extinción del catalán; pero eso se contradice con la justificación de que con unas cuantas horas de Lengua a la semana ya se aprende un castellano más que correcto; pero eso se contradice con su anunciado apocalipsis de la cohesión, pues advierten que el que unos padres elijan para sus hijos algo menos de catalán condena a la guetización de la sociedad; pero eso se contradice con la letanía del derecho a decidir, según el cual el valor de la identidad es tal que compensa el coste de fracturar una comunidad… Y así, en un bucle interminable, un delirium tremens de justificaciones que se destruyen unas a otras y bajo las que apenas se oculta la primordial y única: el derecho a negarle a otro sus derechos, la única manera posible de construir esa pesadilla que resumen con el siniestro adagio de un sol poble.

Rafa LaTorre ( El Mundo )