PUÑETAS JUDICIALES ANTE EL BANQUILLO DE LOS ERE

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PUÑETAS JUDICIALES ANTE EL BANQUILLO DE LOS ERE

Dentro de unos días comenzará el espectáculo. Decenas de periodistas acreditados y centenares de minutos de televisión, radio y páginas de prensa darán cuenta de él, eclipsando durante un tiempo el monotema catalán. Parecía que nunca iba a llegar y ya está aquí: el juicio de la llamada pieza política de los ERE, la causa abierta contra 22 ex altos cargos de la Junta por desactivar los controles para el reparto arbitrario y, en ocasiones, delictivo de las ayudas al empleo.

Se sienta en el banquillo el régimen socialista andaluz. Dos ex presidentes, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, y seis ex consejeros de sus gobiernos acapararán las cámaras y con ellas los objetivos se centrarán sobre la Justicia otra vez.

El espectáculo de la Justicia en España es permanente y categórico. Se diría que sobre él no pasa la crisis. Nunca faltan días y ocasiones para que su capacidad de distracción, de circo, de polémica, se muestre con toda esplendidez. Lo más recurrente en estos casos es recordar que a su contrastada ineficiencia, que lo convierte en uno de los servicios públicos tal vez de peor calidad, hay que añadir la impericia y la ineptitud del propio sistema tal y como está diseñado en España, lo que provoca -todo unido- desconfianza y fustración en la opinión pública.

Entre las contradicciones de las leyes y las de los juzgados, entre las distintas y distantes maneras de perseguir el delito y de garantizar los derechos, los ciudadanos tienen la sensación de que la Justicia es ya un espectáculo más de la televisión basura. No faltarán estos días motivos para ratificar esa convicción. Y, aunque se trata de una injusta percepción, a más de errónea, no debemos considerarla como anecdótica.

No podemos olvidar, y menos a las puertas de un macro juicio como este de los ERE, que la consecuencia de todas estas circunstancias es que la ciudadanía, que en algún momento ha podido creer que la Justicia era una especie de razón abstracta e incorruptible, asiste indefensa a una aparente trama de intereses ante la que la existencia o no de delito y la defensa y la garantía de los derechos, es decir, los núcleos esenciales de la discusión jurídica, son tan sólo puñetas judiciales que sirven poco menos que para el vuelillo de las togas.

Pero estar ya a las puertas de un juicio como el de la pieza política de los ERE nos coloca también ante unas cuantas lecciones nada desdeñables. La primera de ella es comprobar que la Justicia en España funciona. Es lenta, muy lenta; farragosa en su proceder y contradictoria, en ocasiones; casi siempre azarosa; no pocas veces desconcertante y hasta peregrina. Pero funciona. Sentar en el banquillo a quienes han sido todopoderosos en Andalucía durante décadas es una prueba no menor de ese funcionamiento. Como las de otros casos ya juzgados sobre corrupción -desde Malaya a Urdangarin- y los que quedan por culminar -desde la Gürtel a Bárcenas- todo ello sin olvidarnos del papel de la Justicia frente a los desafíos antidemocráticos, desde ETA al independentismo catalán.

Y, aunque en el caso de los ERE no podemos obviar las maniobras y trabas que desde todos los poderes se han desplegado desde que la jueza Mercedes Alaya decidiera iniciar las primeras fases de su más que discutible instrucción -y por ello hay que concluir que urge un cambio sustancial en la forma, el procedimiento y los medios con los que enfrentarse judicialmente a casos tan complejos- es importante destacar que, como he señalado, se sienta en el banquillo nada menos que el llamado régimen socialista andaluz.

Pero no todo debe ser mirar a los demás. La celebración de este juicio tan politizado desde todos los frentes debe traer también lecciones para los políticos y para los medios de comunicación que solemos ser colaboradores necesarios en la frivolidad con que en ocasiones se abordan los casos de corrupción política. Una frivolidad y una indisimulada intencionalidad que provoca también en la opinión pública la señalada sensación de ver defraudadas sus expectativas de justicia.

No sabemos cómo se desarrollará el juicio ni, naturalmente, cual será la sentencia, pero más allá de ambas incertidumbres, los medios de comunicación y los políticos deberíamos ir aprendiendo a tomar conciencia de cómo estamos contribuyendo -en algunos casos con toda la intencionalidad- a un ambiente turbio y trivial sobre el funcionamiento de los tribunales, cuando un simple atestado, la toma de declaración o una mera imputación son consideradas evidencias de la culpa.

O de cómo dictamos sentencias mediáticas y políticas mucho antes de que se celebre el juicio.

Rafael Porras ( El Mundo )