Rajoy lega a España una gran obra de Gobierno

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Rajoy lega a España una gran obra de Gobierno

Se ha cumplido una hoja de ruta cuya última casilla era asaltar La Moncloa, aunque sin ganar ni una sola de las dos elecciones a las que concurrió Pedro Sánchez. Mariano Rajoy deja la presidencia del Gobierno tumbado por una moción de censura no constructiva. Lo vivido en el Congreso estos dos últimos días no hace justicia con su tarea al frente del Ejecutivo; es más, ha habido un ensañamiento sobre su figura, al límite de una demagogia insoportable y de una inquina ideológica que puede que refleje el signo de los nuevos tiempos: del sentimentalismo sobre la razón política.

Es sintomático y merecedor de estudio por qué esta animadversión hacia uno de los políticos más centrados, moderados, tolerantes y, también, con más calidad humana que ha habido en nuestra arena política. Por el bien de los ciudadanos, esperemos que el Gobierno que presida Pedro Sánchez no esté inoculado por ese sentimiento vengativo de muchos de sus socios de destruir todo lo construido durante su mandato. Porque esa es la cuestión: derogar una a una todas las reformas que puso en marcha Mariano Rajoy. Su ideario político puede resumirse de una sola palabra que escasea en nuestro muy poblado gremio de políticos profesionales: reformismo.

La acción política sería estéril –mero politiqueo– si no progresa la vida de los ciudadanos. Ayer, poco antes de la votación, en su última intervención parlamentaria, breve y honda, expresó con claridad cuál es su sentido de la política: «Dejar una España mejor que la que encontré. Ojalá mi sustituto pueda decir lo mismo en su día». En su despedida hizo suyo lo que dijo Cánovas del Castillo: «En política lo que no es posible es falso». Así es, Rajoy llegó a finales de diciembre de 2011 a la presidencia en un momento crítico, en el que la economía española estaba al borde del colapso, cuando el PIB retrocedía un 1% (ahora crece al 3%), el déficit se situaba en el 9,6% (ahora está en el 3,1%), el paro sobrepasaba los cinco millones, el 22,6% (ahora está en el 16,7%) y la amenaza del rescate era inminente.

Rajoy se empeñó en superar esta situación –fue su gran compromiso electoral– y se ha alcanzado una estabilidad que está permitiendo el crecimiento. Esa es la herencia que le deja a Sánchez, que es mucho mejor que la que él recibió. Sabemos que en los tiempos políticos dominados por la irracionalidad populista, a derecha e izquierda, los hechos sirven de poco y sólo se tiene en cuenta el «relato». Acometer la reforma del sistema bancario y financiero es un mal relato y también es un mal relato la reforma laboral, pero era necesario hacerlas y, a pesar del discurso demagógico, los servicios sociales se mantuvieron en sus partes fundamentales.

Estos días de alborozo para «las izquierdas» –según expresión traída de los años 30 por Sánchez–, olvidan voluntariamente que las reformas estructurales eran necesarias y exigidas por nuestros socios de la UE, a los que el líder socialista dice ahora acatar, queremos creer que en las condiciones acordadas con Rajoy. En la preparación del techo de gasto para 2019 está la primera prueba.

La crisis abierta por el independentismo catalán ha sido, sin duda, el factor político que ha determinado el mandato de Rajoy. Suele decirse que reaccionó tarde, que no supo detectar la raíz del problema. Tal vez pecó de confianza, de incredulidad ante lo ilimitado del desafío soberanista. Nadie creyó que la Generalitat, con su presiente al frente, dirigiera un golpe contra la legalidad democrática.

Acusar de que Rajoy no quiso dialogar es no conocerlo: lo hizo hasta con los que le traicionaron. Aplicó el artículo 155, asumió la responsabilidad y lo hizo con mesura, evitando agudizar aún más un conflicto que pudo degenerar en una violencia abierta por parte de los secesionistas. Es injusto y demuestra la enorme deslealtad de Sánchez no defender desde la tribuna del Congreso la necesidad de la aplicación del 155 para no molestar a sus socios independentistas y romper así el pacto del constitucionalismo. Rajoy ha sido un factor estabilizador en esta crisis sobrada de radicalismos.

Era fácil apuntarse a los discursos disolventes sobre España y sobre Europa, en la fórmula que fue –plurinacional, nación de naciones…–, como los que achacan todos los males a Bruselas o a Madrid y reivindican identidades que deben estar por encima del común de la ciudadanía. Rajoy ha mantenido una posición europeísta intachable, haciendo de España un socio fiable y serio y situándonos en la centralidad. Ha sido un gran servidor del Estado y de España, sin aspavientos, sin envolverse en banderas, sin apropiarse de sentimientos que son comunes de todos los españoles.

Hablamos de un político que ha dado estabilidad política y estabilidad emocional, huyendo de la histeria izquierdista y de los que fuerzan hasta la vacuidad el patriotismo. Ha dado ejemplo de buen respeto al adversario, de humor e inteligencia emocional. Un gran político, un buen español y un hombre honrado.

La Razón

viñeta de Linda Galmor