Robles, un golpe de efecto

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Robles, un golpe de efecto.

Pedro Sánchez dio ayer un buen golpe de efecto al fichar a la magistrada Margarita Robles como número dos por Madrid. Es una mujer de firmes compromisos y convicciones. Su afinidad a las posiciones socialistas no es ninguna novedad, aunque el componente personal de respeto y afecto a Sánchez es un elemento importante. Es una jurista de gran prestigio que actualmente es magistrada en el Tribunal Supremo, ha sido vocal del Consejo General del Poder Judicial y fue secretaria de Estado de Interior cuando Juan Alberto Belloch era ministro de Justicia e Interior en el último gobierno de Felipe González. Al margen de consideraciones o ideologías es una incorporación que eleva la calidad del Congreso de los Diputados, que debería representar siempre lo mejor de nuestra sociedad.

La conozco desde hace muchos años y la admiro, a pesar de no coincidir muchas veces en sus planteamientos, porque es una jurista de primer nivel y sobre todo una persona de calidad que tiene como divisa la amistad y la lealtad. Fue premonitorio su voto particular en contra de la decisión de archivar la causa contra Pujol por el desastre de Banca Catalana cuando era una joven magistrada en la Audiencia de Barcelona. Entonces creí en la honradez de Pujol y he de reconocer que me equivoqué mientras ella acertó plenamente.

Es importante que personas como Margarita Robles se incorporen a la vida política, como ha sucedido en otras formaciones, porque rompen el esquema excesivamente rígido que imponen los partidos políticos y que es consecuencia, además, del sistema electoral. Robles ha demostrado a lo largo de su trayectoria profesional y política que es independiente y coherente, algo que va con su carácter y que garantiza su condición de magistrada, porque es muy preocupante cuando alguien se dedica a la política y la convierte en una profesión sin tener otro horizonte que medrar en los despachos del partido.

La fuerza del fichaje de Sánchez es, precisamente, que enriquece la vida política. A la política no debería ser un albergue para personas con poca formación, inexperiencia profesional o buscadores de un sueldo. En cambio, debería ser el lugar de destino para aquellos que puedan convertirla en una de las actividades más nobles para buscar el progreso y mejorar la sociedad.

La Razón

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