Sánchez y el jarrón chino

votantes3

Sánchez y el jarrón chino.

Tres formaciones conviven dentro de las siglas PSOE. Una es la representada por Felipe González, más vinculada al pasado que a cualquier posibilidad de futuro. Otra, tributaria de José Luis Rodríguez Zapatero, languidece en estado de postración bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Y la tercera, todavía por delimitar numérica e ideológicamente, constituye una tenue esperanza de resurgimiento en torno a figuras como Guillermo Fernández Vara o Susana Díaz. Esta última es la que puede lograr que haya un gobierno en España.

El PSOE de González tiene mucho más de español que de obrero o socialista. Al de Zapatero/Sánchez, por contra, le sobran la E y la O, lo que hace que la S haya perdido el sentido. Felipe y algunas figuras de su tiempo, ya jubiladas, están demasiado integradas en el establishment como para resultar reconocibles por los suyos. Sus cartas abiertas en la prensa e intervenciones en televisión gustan mucho más al electorado del PP que a las bases socialistas. Las aplauden los comentaristas más del gusto de La Moncloa, los ministros del Gobierno y los prohombres del Ibex 35, mientras son objeto de un elocuente silencio por parte de los correligionarios a los que van dirigidas. González y esos veteranos ya no pertenecen al mundo del puño y la rosa ni poseen demasiada influencia en él.

Tengo para mí, por ello, que sus apelaciones públicas a una abstención responsable en una eventual investidura de Rajoy se enmarcan en el ámbito de lo gestual y constituyen actuaciones destinadas a salvar la propia conciencia, o quién sabe si la cara en determinados ambientes, pero carecen de impacto real. No será el «jarrón chino» quien empuje a Pedro Sánchez por el camino de la responsabilidad. Le falta sintonía con él y fuerza para amenazarle.

Tampoco la mera aritmética bastará para desbloquear la situación. 137 diputados son 52 más que 85, cierto, aunque 39 menos que 176. De ser otras las circunstancias políticas, podría pensarse que el electorado de la izquierda constitucional, socialista, obrera y española aceptaría la supremacía popular con la misma naturalidad que el ex presidente. Pero las circunstancias son las que son y venimos de dos interminables campañas, precedidas de cuatro años de poder absoluto, durante los cuales todo han sido exabruptos y descalificaciones mutuas. De ahí que una parte sustancial de los votantes socialistas rechace de plano la posibilidad de apoyar por activa o por pasiva el regreso al poder de Rajoy, convertido en enemigo público número uno. Son sus propios dirigentes, empeñados en emular a Podemos, quienes les han llevado a esa creencia. ¿Cómo convencerles ahora de lo contrario?

El dilema para Ferraz es de los de órdago. Forzar el bloqueo hasta el punto de la repetición electoral significaría rubricar un monumental fracaso colectivo cuyo desenlace, por añadidura, sería un escenario muy similar al actual, con algún escaño más para el PP y alguno menos para el PSOE. Por otra parte, «responsabilidad», entendida como abstención, suena muy parecido a «suicidio». De ahí que nadie quiera ser visto como el «responsable». ¿Triunfará la sensatez o se impondrá la cerrazón? El candidato popular tiene en su mano la llave. Si logra armar una base de 170 síes, junto a Ciudadanos y Coalición Canaria, allanará el camino a quienes, como Fernández Vara, optan por ser sensatos. Claro que para eso debe negociar y ceder. Si se limita a resistir, atrincherado en su ventaja, es muy probable que en el PSOE ganen los más sectarios. Y España necesita un gobierno, no una pugna de orgullos.

Isabel San Sebastián ( ABC )

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*