Socialdemocrácia

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Socialdemocrácia.

«Con las mismas letras –dice Aristóteles– se escribe una comedia o una tragedia». Idénticas palabras significan contenidos antagónicos. Según disposición y contexto. El sentido es siempre dado por las transitorias estrategias discursivas que hacen del diccionario campo de batalla.

«Marx era un socialdemócrata» –Iglesias dixit– pertenece a ese tipo de expresiones. Tras cuya palmaria evidencia se camufla apenas la búsqueda de un trastrueque conceptual bastante tosco. No se requiere, sin embargo, gran erudición profesoral para fijar la genealogía de ese birlibirloque en el cual se complace el caudillo populista en estas vísperas electorales.

«Socialdemócrata» es –en ese campo léxico de la segunda mitad del XIX– sinónimo de «movimiento obrero». Sin excepciones. Incluido el partido de Lenin, que hasta abril de 1917, seis meses antes de la revolución, sigue denominándose «socialdemócrata». Sólo a partir de esa fecha, la lucha de las dos «internacionales» obreras generará una guerra sin cuartel entre sus respectivas etiquetas: «socialdemocracia» contra «comunismo».

Decir, así, que Marx (o Lenin) fueron socialdemócratas sólo puede significar dos cosas: o bien no decir nada (toda la izquierda lo es hasta 1917), o bien atribuir a Marx haber hablado, pensado y tomado posiciones en los términos de un debate léxico treinta años posterior a su muerte.

¿Por qué ese infantil anacronismo? Pro domo sua, por supuesto. El caudillo populista no habla de un clásico del XIX. Habla de sí mismo. De la necesidad de encubrir el peronismo (esto es, fascismo) de Laclau bajo el prestigio del mayor clásico de la izquierda. Atesorar votos del PCE sin asustar a nadie: esa es la clave de la sentimental teología política a la que el populista llama «socialdemocracia».

Gabriel Albiac ( ABC )

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