SOÑANDO BARLOVENTO

Patrulla Aguila

SOÑANDO BARLOVENTO

ya sé que no se llama así la marcha militar, banda sonora sentimental de nuestra Armada junto con la Salve Marinera y el «soplen serenas las brisas» de los hermosos versos de su himno escrito por Pemán. Sé que la marcha marinera «emblemática» (que se dice), que escribió el músico de la Armada don Ramón Sáez de Adana Lauzurica (Castro Urdiales, 1916-Madrid, 1999) es «Ganando Barlovento». Que tiene una curiosa historia de honradez. En 1966, la Armada convocó un concurso para elegir una marcha propia, pues todas las que sonaban en sus formaciones en orden cerrado eran propias del Ejército de Tierra, como «Los Voluntarios», o de Aviación, como «Heroína».

Como jurado del concurso nombraron a Sáez de Adana, por entonces director de la música de la Agrupación de Infantería de Marina de Madrid. Honrado y consecuente como buen marino, Sáez no se creía capacitado para juzgar la obra de otros compañeros. ¿Y qué hizo para librarse del trance? Pues incompatibilizarse: escribió él mismo una marcha, la presentó al concurso y ya pudo argumentar que no podía ser al mismo tiempo jurado y concursante. Y ganó. Así surgió en 1966 este emocionante monumento del riquísimo repertorio de la música militar española, pues oyes «Ganando Barlovento» y estás viendo navegar al «Juan Sebastián de Elcano» con todo su trapo desplegado, llevando la inmensa bandera de España como embajador de la Patria por esos puertos de ambos hemisferios.

Ayer, viendo cómo un tanto a cencerros tapados celebraba España el Día de las Fuerzas Armadas en Guadalajara, horas antes de que en la final de Copa fueran abucheados, silbados, deshonrados y agraviados impunemente símbolos patrios como el himno de nuestra Nación y hasta la egregia persona de su Rey, al oír la marcha marinera que nos parece que tiene siglos, de evocadora de grandezas que es, cuando apenas ha cumplido medio, yo no pensé en lo de «Ganando Barlovento». Me puse a soñar en un barlovento, que parece ya, ay, imposible quimera. El barlovento que perdimos. Y nos dejamos ganar.

Soñé que, como cuando la Olimpiada de Barcelona de 1992, la bandera de España era solemnemente izada en la plaza de Cataluña. Y que allí se le ponían los vellos de punta a los vecinos de la Ciudad Condal escuchando «La muerte no es el final» en el homenaje a los que dieron la vida por la Patria. Soñé que los políticos que juraron un día cumplirla y hacerla cumplir habían seguido a lo largo de los años y al pie de la letra la Constitución, y que en Cataluña, y en la hermosísima lengua española, los escolares podían aprender palabras sagradas como Patria o España.

Seguí soñando mientras pasaba la tropa, y vi cómo la Legión o los Regulares desfilaban entre aplausos por la Diagonal, mientras el público agitaba banderas de España y de Cataluña (sin estrella). Soñé que nada había muerto de aquel espíritu autonómico de la Transición que estaba bien vivo en aquellos fastos olímpicos de 1992 en Barcelona, cuando en el estadio de los Juegos aplaudían a un real mozo, el Príncipe de Asturias, abanderado de la representación española, que portaba la roja y gualda. Sí, el mismo al que anoche silbaban y abucheaban en el Vicente Calderón los hijos y nietos de aquellos mismos que lo aplaudían en Montjuich en 1992.

 Y por seguir soñando, soñé que en el limpio cielo de Barcelona la Patrulla Águila dibujaba con las estelas de sus reactores la bandera que ahora, impunemente, retiran de los balcones de los edificios públicos catalanes. Y soñé que, sí, que iban los carros de combate por la Diagonal, ¿passsa algo?, pero entonando con su estruendo la sardana de la paz, de la concordia, de la reconciliación de esa Constitución que nos habla de la Unidad de la Patria. No hemos ganado ese barlovento, por más que la marcha naval suene… en Guadalajara. Mas yo sigo soñando en ganar cada día este difícil barlovento al que llamamos orgullosamente España.
Antonio Burgos ( ABC )

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