TONTOS CONTEMPORÁNEOS

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TONTOS CONTEMPORÁNEOS

La prueba de que la estupidez no tiene límites  es la existencia de los “tontos esféricos” que son reconocibles desde cualquier perspectiva imaginable, los “tontos a las tres” que exhiben su condición de border line en horario de máxima audiencia, y los  “tontos contemporáneos” que  hacen méritos todos los días para ganarse un lugar destacado en la historia.

Hace unos años estos personajes se lo tenían que currar, algunos pasaban inadvertidos y muchos fracasaron en la pretensión de hacerse famosos porque nadie les echaba cuenta, salvo los amigos con los que se juntaban para decir sandeces.

En cambio hoy vivimos una etapa de plenitud con overbooking de necios que tienen que esmerarse para competir con otros descerebrados en las redes sociales, donde solo disponen 140 caracteres para ofrecer sus mercancías.

Allí les están  esperando unos animosos cabreados que se esmeran en replicarles, unas veces con más inteligencia y otras con peor leche, y eso no es malo de suyo porque dejarles libre el patio del despropósito  sería desaprovechar una oportunidad de entretenimiento en una competición en la que se enfrenta la zafiedad a la ocurrencia.

Hace falta ingenio para  decir  algo inteligente  en tan pocas palabras, y por esa razón algunos  de los que aspiran a coronarse con el título de “tonto con balcones a la calle” fracasan en su intento de aportar algún pensamiento provechoso al resto de los mortales.

Twitter ha sido su balsa de salvación porque, como esta red  obliga a ser muy concisos, pueden desnudar en pocas palabras su nivel de inteligencia y esa norma les protege porque si dispusieran de más espacio para expresarse  se perderían en el intento y acreditarían que es mayor su ignorancia que la consciencia de sus limitaciones.

Esta fiebre por decir tonterías en pocas palabras se ha convertido en norma en los partidos políticos y ha desnudado el verdadero nivel de muchos de nuestros representantes que profieren eructos verbales sin pensarse dos veces ni la ortografía, ni la verdad de lo que sostienen.

Muchos de ellos deben preguntarse que si Donald Trump gobierna a golpe de tuit el país más poderoso del mundo por qué ellos  no van desnudar sus ausencias en esta red social aunque lo que escriban sea un insulto a la inteligencia o a la decencia.

España ha descubierto la fórmula transversal para dar trabajo con un alto o nivel retributivo a ciudadanos que jamás habrían encontrado acomodo en el mercado privado,  pero sí en la política  donde debido a la Ley de Transparencia todos los cargos públicos deben decir verdad en su currículo, y gracias a esa norma hemos descubierto la verdad real sobre la mentira oficial que sostenían algunos que, para garantizarse dinero e inmunidad, entraron en las juventudes de los partidos sin haber trabajado ni estudiado antes en toda su vida.

El dilema que tenemos los ciudadanos en este país es que debemos elegir entre susto o muerte en vez de a la cárcel y a la puta calle, que es a donde deberían ir alternativamente o a veces indistintamente unos y otros, pero vivimos en el país  de  la puta y la Ramoneta, de tres por ciento o la independencia, del Luis sé fuerte a salgamos a la calle a darle una paliza a los fachas.

Estamos en un país en el que,  con la que está cayendo, el presidente de gobierno  se fuma un puro a ver si escampa,  y el ansioso jefe de la oposición no tiene otro programa que el de vengarse de los  que le echaron de mala manera de la Secretaría General y cepillarse como sea a la derecha  sin ganar las elecciones,  para cumplir el sueño de la rubia que le acompaña.

Este país se merece algo mejor pero no hay existencias en las estanterías.

Diego Armario

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