TORRENT, DICTADOR CANÍBAL

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TORRENT, DICTADOR CANÍBAL

En ese Domingo de Ramos en el que se trincó a Puigdemont o se encontró a Wally en una borriquita, Roger Torrent no debería haber salido de aquella manera en TV3. Debería haber salido con collar de calaveras, trono de costillar de elefante, gorra de plato con peralte, fajín y banda con medallas gordas como paelleras, pechera alicatada y, claro, hombreras con flecos, como el sofá de una madame. Torrent, con gesto de sello norcoreano, se expulsó de la democracia, de la civilización y hasta de sus propias siglas. No sólo fue aquella joya de dictador caníbal, lo de “ningún juez puede perseguir al presidente de los catalanes”. Todo el discurso estaba espinado de horrores de los que doblan el micrófono, como a Chaplin.

«Involución democrática», «falta de derechos fundamentales»… Pero tener un paisicito propio, como tener un poni, no es ningún derecho fundamental, ni otro por descubrir (no son Rosa Parks ni están trayendo la democracia definitiva, sino volviendo a las naciones barbecho del XIX). Menos, contra la mayoría de su ciudadanía. Tampoco es un derecho que la condición de gobernante no tenga requisitos. Ninguna ONU de burócratas floristas le va a afear a Estados Unidos que su Decimocuarta Enmienda prohíba ser cargo público a quien, tras jurar la Constitución, se rebele contra ella.

 Ni es una involución que el Estado use violencia legítima para proteger los derechos de todos los ciudadanos, sino su afirmación: es el único que puede (Weber). Torrent, además, insulta su cargo institucional al convertirse en trompetero de una ideología totalitaria, que no distingue entre lo partidista y lo público. O sea, no sabe qué es la res publica, el colmo de un republicano.

Pero esto sería retórica si no hubieran vuelto la violencia embozada, las hogueras de cristales en los ojos y los señalamientos con cruces de sangre. Una violencia que los indepes y podemitas no condenaron en el Parlament, y que las tertulias gregorianas de TV3 animaban llamando a la desobediencia. Aquel domingo de romanos y zelotes, Ferreras dijo en La Sexta que las manifestaciones y las cargas nos decían que “era tiempo para la política”. Pero ellos son la negación de la política. Como lo es alguien que ya se nos presenta haciendo un discurso con un cocodrilo a los pies.

Luis Miguel Fuentes (El Mundo )