UN ELOGIO A RAJOY

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UN ELOGIO A RAJOY

Rajoy le llevan poniendo a parir por Cataluña tirios y troyanos desde la noche de los tiempos, ora por su dureza represiva, ora por su tibieza constitucional, como si pudiera ser a la vez responsable de dos errores opuestos entre sí. La absoluta debacle del PP el 21D, tan previsible como traumática al coincidir con la magnífica victoria de Ciudadanos y el éxito del bloque separatista a efectos prácticos (aunque no ha dejado de perder desde 2012 y no digamos desde los tiempos de CiU), agudiza esa percepción del presidente del Gobierno y de los populares, presentado por unos pocos como el “ZP de la derecha” por razones evidentes.

Y, sin embargo, todo lo hecho por Rajoy ha sido lo más razonable -o lo menos malo- para España, en las circunstancias actuales, aunque no necesariamente para su partido. Un 155 más contundente, en duración e intensidad, seguramente hubiera atendido mejor a la dimensión objetiva del vergonzoso Golpe de Estadoperpetrado desde dentro de las instituciones catalanas y, con toda certeza, hubiese tenido también más reconocimiento de quienes, desde la pasión y el hartazgo ante tamaña ofensa, más ganas tenían -o tenemos- de resolver en dos días 40 años de ingeniería social secesionista en Cataluña.

Pero hacerlo así, por beneficioso que fuera para el PP, también hubiese tenido algunos efectos secundarios perjudiciales para el objetivo buscado: un estallido social tan preparado (sólo hay que leer los sucesivosautos judiciales de la Audiencia Nacional y del Supremo, espeluznantes) como sofocado al elegir un camino tranquilo; la sensación de que se buscaba más okupar  Cataluña y la Generalitat que restituir el Estatut y la Constitución; el redoble victimista de quienes a la vez que se decidía esto emprendían felizmente ruta hacia el juzgado, la cárcel o la fuga y, finalmente, la ruptura de un consenso con Ciudadanos y el PSOE, pues probablemente ninguno de los dos pero sobre todo los socialistas habría aceptado un calendario distinto por mucho que Cataluña necesite, y lo necesita, un 155 largo e intenso, como la terapia de desintoxicación de un yonqui muy enganchado.

La diferencia entre un político y un hombre de Estado es que el primero piensa en las siguientes elecciones y el segundo en la próxima generación (por eso no lo hay en activo y aquí tenemos a Felipe González y poco más), según la cita atribuida indistintamente a Churchill o Bismarck; y lo inusual de que Rajoy haya inmolado a su partido en Cataluña y dañado sus expectativas en el conjunto de España puede merecer un reproche de los accionistas de su empresa, pero no de los usuarios de su producto: frente a quienes se ceban ahora con el cataclismo de Albiol, un político íntegro que no se merece este resultado pero nada podía hacer frente a una espléndida Arrimadas que ojalá dure mucho; e intentan extenderlo a Rajoy para desalojarle antes o después de Moncloa; la lectura correcta es que España ha sorteado lo mejor posible un desafío tremendo aunque el premio por hacerlo no se lo haya llevado el primer responsable de ello.

Me explico, consciente de que esta lectura sobre Rajoy es minoritaria y de que me lloverán chuzos de punta por ello : frente a quienes subrayan el resultado concreto del PP y ensalzan el de Puigdemont y Junqueras, lo que realmente ha pasado es que el golpismo ha perdido, la unilateralidad no volverá y el bloque liberal, conservador y español ha conseguido en Cataluña un resultado histórico, ganando las elecciones y obteniendo conjuntamente 40 diputados, una cifra sin precedentes que se acerca a los 50 del Artur Mas de 2012, cuando inició la deriva soberanista que padecemos desde entonces.

Que eso se haya logrado sin derramar sangre, con la justicia actuando, desde un pedagógico consenso con otros dos partidos nacionales, obteniendo la victoria en las urnas de un partido constitucional, enterrando al populismo de Colau e Iglesias por mucho que ahora vaya a ser bisagra, haciendo retroceder en escaños y votos al dividido negocio secesionista y marginando a una CUP que ya no va a secuestrar al próximo Govern; merece un reconocimiento.

Sin Rajoy, ni Ciudadanos ni Arrimadas, un partido necesario y una dirigente espectacular, no hubieran ganado. Pero sobre todo, el golpismo no hubiera retrocedido –el independentismo seguirá buscando lo mismo, pero ya no lo buscará de la misma manera- y las calles, probablemente, se hubieran transformado en un paisaje de guerrillas con Arrán y toda la chusma de Ciutat morta comportándose en modo Resistencia ataviada de Lacoste.

El problema catalán, que llevó a Azaña a la desesperación ya desde el exilio y a Negrín, nada menos, a preferir una derrota ante Franco que un rebrote del independentismo “aldeano”; no tiene dos días y no se solventa en 48 horas: sólo se conlleva, que decía Ortega, o se atiende, como ha hecho Rajoy, dentro de los parámetros racionales que responden a las distintas causas y efectos de una intervención y están condicionados por las fragmentadas fuerzas constitucionales del Congreso, donde no hay ninguna mayoría clara para nada que no sea decidir el periodo de vacaciones de sus señorías.

El dilema en Cataluña era independentismo golpista o independentismo constitucional. Va a ser lo segundo. Ahora se activará, sin que los jueces dejen de hacer su trabajo, un irritante e intenso debate sobre la bilateralidad con el referéndum como objetivo, pero la DUI ya será la mascota de Junqueras en su celda y el desvarío privado de Puigdemont en Bruselas.. Conviene hacer algo de pedagogía al respecto: no se puede ceder la competencia consultiva desde el Estado a la Generalitat ni ésta va a poder celebrarlo de manera legal nunca.

Pero hasta en la hipótesis de que eso se lograra, sus consecuencias son inaplicables sin un procedimiento que garantiza el único ‘derecho a decidir’ existente y decente: el de todos los españoles. Porque si algún día se preguntara a los catalanes si quieren marcharse y dijeran que sí, el procedimiento para intentar concedérselo seguirá siendo el siguiente y no puede ser modificado: una reforma de la Constitución respaldada por 2/3 del Congreso; la disolución de las cámaras; la convocatoria de unas Elecciones Generales; la ratificación de nuevo por otros 2/3 del nuevo Congreso de esa reforma previa y, finalmente, la celebración de un referéndum nacional con la participación de todos los españoles. Todo lo demás es humo.

Antonio R. Naranjo ( ElSemanlDigital.com )