UN GALLO PARA ASCLEPIO

gentuzami

UN GALLO PARA ASCLEPIO

El filósofo se dirigió a la Puerta del Sol para convencer a quienes allí distribuyen pasquines solidarios de que todos los hombres son hijos de sus obras y de que los colonizadores blancos no son responsables de la penosa situación que lleva a sus congéneres de piel oscura a embarcarse en frágiles pateras fletadas por negreros. De sobra sabía Sócrates que es imposible persuadir con argumentos lógicos a quienes discurren a piñón fijo por el cauce de los tópicos.

De ahí que para inculcar sensatez a los progres desempolvase sus dos herramientas favoritas: la ironía y la mayeútica. Nada más llegar al Kilómetro Cero se dirigió a un grupo de galopines que aleccionaban a los transeúntes sobre la obligación de purgar las culpas de sus mayores dando limosnas a las organizaciones que defienden la inmigración ilegal. “Decidme”, inquirió el filósofo, “¿dónde se irguió el primer homo sapiens?”. Uno de los mozalbetes se rascó la chola y respondió: “El profesor Verstrynge nos dijo que fue en no sé qué lago de Kenia donde aparecieron los vestigios más antiguos de una osamenta humana”. “¡Bravo, chaval!”, exclamó Sócrates. “¿Sabríais decirme”, siguió, “en qué parte del mundo hay más recursos, agua, bosques, viento, minerales, fauna, flora y musculatura?”.

“En el África subsahariana”, saltó otro becario de la Autónoma. “Cierto, cierto”, aprobó Sócrates. “Y siendo así, unida tanta riqueza a la veteranía del primer hombre (que era mujer), ¿por qué no están allí Manhattan, Oxford, Silicon Valley y el Partenón?”. Ningún pijoprogre supo explicarlo. El filósofo insistió. “¿Sabíais que cuando Livingstone llegó a esa región no se conocía en ella la rueda? ¡Qué cosa más extraña!, ¿no?”. “Pues sí que lo es”, reconoció una chica ataviada con pantaloncitos a ras de pubis y una camiseta del Che. Sócrates, sonriendo, añadió: “Pues más extraño aún es que tampoco existiesen alfabetos”.

Y se marchó a azuzar a otro grupito de jovenzuelos enfrascados en las pantallas de sus smartphones. En el ínterin, gracias al respaldo de las autoridades de Bruselas, del Papa huevón, de la señora Merkel y del periodismo buenista, miles de personas seguían muriendo en el mar, vendiendo abalorios en las aceras o durmiendo sobre cartones en los andenes del metro. Mientras el filósofo se alejaba, uno de los coletudos, indignado, comentó: “Convoquemos una asamblea. A ese facha asqueroso habría que darle matarile”. Y le inyectaron un chute de cicuta.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )