Un País para no perdérselo

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No sé si el nuestro es un país para perderse, pero lo que sí parece evidente es que es un país para no perdérselo. Cada día tiene su afán, y el de hoy está en perseguir los significados de cada gesto tras la reunión de ayer; más allá de la evidencia de que el agua y el aceite son imposibles de emulsionar, la imposibilidad de cuadrar un círculo nos hace pensar que seguirá este gobierno en funciones hasta más o menos el final de verano.

Usted podrá decir que este no es el primer país en el que se repiten unas elecciones y tendrá razón, pero sí le responderé que los países de nuestro entorno, al que nos parecemos o deberíamos parecernos, solucionan este tipo de cosas de otra manera: pactan los más importantes, por muy diferentes que sean, y se ponen a trabajar. Aquí, como parece que el guerracivilismo es algo más que una secuela de los años treinta, la ojeriza un tanto sectaria de la izquierda impide cualquier acuerdo.

Es un país para no perdérselo porque pocos más ofrecen la posibilidad de contemplar en primera fila cómo unos cuantos quieren deshacerlo, desmontarlo, borrarlo tal y como lo hemos conocido. Y cómo otros se ponen de perfil e incluso se sientan con ellos para obtener su favor político asegurándoles un trato privilegiado para el momento en el que lleguen a la Arcadia Feliz. Ese golpe de Estado –de eso se trata– vive en sus carnes una suerte de «Revolución Cultural» para acelerar el acceso a la felicidad; así, diversos florilogios lingüísticos tendentes a borrar el castellano e iniciativas destinadas a prohibir el uso de lenguaje taurino, tan doloroso él para la sensibilidad independentista, viven estos días su efervescencia más notoria de la mano del poder fáctico de la región endeudada a la que nadie presta dinero. Ese Junqueras es el que reclama a Montoro que alivie el sofoco y el ahogo de una Comunidad otrora próspera que ahora sólo lo es en ámbitos privados de su sociedad civil: las cuentas públicas, en cambio, son una calamidad.

Ese Junqueras es el que se sienta con Pedro Sánchez, o al revés, para reclamar su prebenda a cambio de su apoyo parlamentario en forma de abstención, esa costumbre tan catalana de la política. ¿Cómo vamos a perdernos un país en el que el supuesto líder de la asombrosa izquierda menguante, socialista por demás, busca el apoyo del mismo que, si pudiera, lo despediría a cajas destempladas de su terruño? ¿Cómo vamos a perdernos un país en el que ese mismo líder busca afanosamente el acuerdo con una formación patrocinada por iraníes y chavistas, abanderada de sujetos violentos y alumbrada por la más rancia ideología jamás sufrida por el ser humano?

Aunque el partido socialista de este país de cómic se disfrace de sólido defensor de la Constitución, todo indica que está esperando el momento más propicio para acomodar su quehacer a sus intereses y dejar de mirar por esa lente de sensatez política que son los valores constitucionales. Se cambiará lo que haya que cambiar con tal de dar la impresión de que el progreso no se nos escapa y España se adecua, por tanto, al interés de sus dinamitadores. No nos perdamos el espectáculo en el que se buscará todo tipo de justificaciones para aprobar una consulta separatista, independentista o como se quiera llamar en territorio catalán. Y después en cualquier otro que lo pida. Y será así porque este líder hará de tripas corazón, los socios lo impulsarán avanzando sobre las praderas como en una película de Cimino y los primitivos aliados estarán todavía recogiendo la mandíbula del suelo.

Carlos Herrera ( ABC )

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