UNA PORQUERÍA

farolillos

UNA PORQUERÍA.

Sn vergüenza, ni pudor ni siquiera disimulo. A calzón quitado y cara descubierta. Así es como asaltan los separatistas catalanes las tiernas conciencias de los niños, tierra fértil abonada para su siembra de división. Carecen de límites. No hay medio que les parezca demasiado infame en el empeño de construir su Arcadia soñada. Predicar la «patria» redentora justifica a sus ojos cualquier abuso, empezando por el adoctrinamiento burdo y falaz de mentes inocentes. Ante su sagrada misión mesiánica no hay derechos de la infancia que valgan. Tampoco barreras éticas. Ellos no ven en esos niños personas, sino futuros acólitos. Adeptos a la causa de la secesión. Y como la abstracción nacional está por encima de todos y todo, como Cataluña prevalece sobre cualquier individuo, esa instrumentalización se lleva a cabo sin un atisbo de culpa.

Tienen a quien parecerse. Los movimientos totalitarios del siglo pasado, desde el fascismo al comunismo, pasando por el nazismo, demostraron maestría en la manipulación de los chavales a través de una mezcla hábil de simbología e ideología sabiamente entretejidas. Los uniformes, las marchas con antorchas, las excursiones al monte y las acampadas de «camaradas» sirvieron de anzuelo para captar y encuadrar a los «pioneros» de Stalin, las juventudes hitlerianas o los integrantes de la O.J.E., mucho antes de que a Mas, Puigdemont, Junqueras y compañía se les ocurriera la brillante idea de alumbrar con «esteladas» la Cabalgata de Reyes. Lo de los farolillos portadores de iconografía nacionalista (léase con «c» o con «z», tanto da) nada tiene de original. Ha sido, con pequeñas variantes, un recurso ampliamente utilizado para contaminar el territorio virgen que es un chico de corta edad con el veneno propio de la política entendida en su peor acepción, como sinónimo de instrumento para el control de individuos, en este caso indefensos, carentes aún de anticuerpos capaces de protegerlos de ella.

La cabalgata secesionista de Vic no constituye una novedad, aunque sí una porquería. Un hecho repugnante. Digo Vic, pero debería decir Generalitat, porque no en vano se trata de la cabalgata que retransmitirá la televisión pública catalana, pagada con nuestros impuestos para servir de martillo pilón con el que incrustar el «prusés» hasta en el último rincón del pensamiento. No estamos por ello ante la iniciativa más o menos desafortunada de un alcalde o concejal, sino ante la enésima provocación de la máxima institución del Estado en Cataluña. Una manifestación palmaria, chulesca, de lo que el sistema educativo autonómico lleva a cabo día a día con tenacidad digna de mejor causa. Esa labor de zapa incansable destinada a producir separatistas mediante el falseamiento de la historia y la geografía, la utilización espuria de la lengua, la conversión de la enseñanza en puro y duro adoctrinamiento. Ingeniería social de la peor especie, a la que alguien desde el Gobierno de España debería poner coto antes de que sea irremediablemente tarde, si es que no lo es ya, como muchos tememos.

 La democracia se asienta sobre principios irrenunciables, uno de los cuales había sido hasta ahora mantener a los niños al margen. Ya el año pasado vimos cómo los «ayuntamientos del cambio», encabezados por el de Podemos en Madrid, ponían todo su afán en convertir las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos en desfiles reivindicativos del multiculturalismo que abrazan fervientemente como ideología. Con idéntico entusiasmo el separatismo catalán se dispone a vender su mercancía averiada a través una celebración concebida para brindar ilusión a los más pequeños. Sin vergüenza, ni pudor, ni disimulo… ni nadie que se lo impida.
Isabel San Sebastían ( ABC )

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