YA NO BASTAN SOLO LAS ELECCIONES

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YA NO BASTAN SOLO LAS ELECCIONES

Puigdemont ha convertido el proceso separatista de Cataluña en una tragicomedia esperpéntica de consecuencias devastadoras. Durante las últimas 24 horas, y en un ejercicio de desquiciamiento personal, ha permitido inútiles especulaciones sobre si acudiría o no al Senado para mantener un cara a cara con el Gobierno. Al final se acobardó y a esta hora solo le quedan tres opciones: declarar unilateralmente la independencia, lo que le abocaría a una detención inmediata; disolver el Parlament y convocar elecciones falsamente constituyentes; o las dos a la vez. En cualquier caso, la aplicación del artículo 155 de la Constitución es inevitable porque todo el operativo ideado por Puigdemont se ha convertido en una masiva tomadura de pelo a los catalanes y al resto de españoles. Ni el Gobierno ni el PSOE deben caer en más provocaciones ni expresar disensiones internas que alimenten este delirio.

Para paralizar el artículo 155 no debería bastar con una mera convocatoria de elecciones. Ese precepto está en marcha desde hace ya dos semanas aunque su aplicación efectiva aún sea una incógnita. Sin duda puede paralizarse su aplicación, pero nunca sin que antes concurran una serie de condiciones que Puigdemont sigue empecinado en no cumplir. La primera es retroceder hasta el 6 de septiembre, cuando el Parlament se declaró en rebeldía y desobediencia activa frente a decisiones imperativas del TC.

La segunda, derogar en su ficción legislativa las leyes de referéndum y de transitoriedad, pese a que ya están anuladas por el Constitucional. Tercero, asumir las responsabilidades administrativas y penales que se deriven de la celebración de la consulta del 1-O, en especial en lo que atañe a la flagrante desobediencia de los Mossos a una orden judicial concreta y explícita para impedir su celebración. Cuarto, renunciar públicamente y por escrito a cualquier iniciativa tendente a la proclamación de una república independiente.

Quinto, la reposición del papel constitucional de un Parlamento cerrado y secuestrado por el separatismo. Sexto, asunción de su fracaso, su abandono de la política, y su puesta a disposición judicial por si hubiese delito en las conductas aparentemente sediciosas cometidas. Séptimo, la celebración de elecciones con las garantías del Estado y en una atmósfera social ajena a cualquier manipulación del separatismo y sin convulsión en las calles. Y octavo, el reconocimiento de que España no es en absoluto una dictadura que anhela el franquismo, sino una democracia madura en la que impera la ley a la hora de impedir golpes de Estado.

Sin cumplir estas condiciones, sería un error que el PP y el PSOE validasen un proceso electoral. Ya no sirve cualquier salida para salvar la indignidad cometida por Puigdemont. Y menos aún, si las elecciones son organizadas por lo que Albert Rivera llamó «un comité de sedición».

ABC

viñeta de Linda Galmor