Hasta hace relativamente poco tiempo estábamos acostumbrados a que la inmensa mayoría de los políticos y politiquillos que surgían en la escena nacional procediesen, independientemente de su filiación, de las correspondientes “escalillas de los partidos”, aquellas que se iniciaban como mero pegador de pasquines en noche de comienzo de campaña electoral o haciendo de clá vocinglera en asamblea izquierdosa de facultad y culminaban llegando el interesado a ministro/a o, en el peor de los casos, a Subsecretario, aunque algunos, los menos avispados o afectos al poder de turno, se contentaban con alcanzar algún puestecillo en las diferentes taifas, tanto a nivel regional como municipal. Sin embargo, esto a lo que se ve también está cambiando.

De un tiempo a esta parte, aparece en escena, especialmente en la de la izquierda y ultraizquierda, una nueva categoría de políticos que bien podríamos llamar de “probeta o laboratorio” y que, poco a poco, vienen a sustituir a los probos y esforzados pegadores de carteles de antaño o a los acólitos de facultad que quedan relegados a una suerte de “escala de cuchara” con pocos visos de alcanzar la notoriedad más allá de una concejalía en un pueblo o, a lo sumo, en una capital de provincia de segundo orden.

Ha llegado el tiempo, por haber pasado de moda, de que desaparezcan del escenario político -de hecho, alguno ha desaparecido ya- tipos siniestros como el cherepudo de la coleta sucia, con su aspecto de zarrapastroso pese a usar ropa de marca cara, incitador de alborotos en calles y campus, e incluso el otro, el lampiño de las gafillas, con aspecto de joven pajillero -permítaseme la expresión- fiel lameculos desde primero de carrera y si me apuran hasta el estereotipo de fémina abandonada, con aspecto de perroflauta, tan en boga entre el elemento femenino izquierdoso y que constituían el harén particular del líder revolucionario vestido con polo de “lacoste”. Para todos estos, su tiempo ha pasado y toca aquello de renovarse o morir.

Muy atrás se queda el tradicional cambio de chaqueta -lo digo en el buen sentido- de aquel sociata que vistiendo habitualmente trajes caros de alpaca los mutaba, llegado el mitin de turno, por la siempre socorrida y popular chaqueta de pana más al gusto de las clases populares y de los sindicateros financiados por el poder. Pero eso es historia.

Hoy, una legión interminable de sociólogos, psicólogos, estilistas, expertos en imagen, peluqueros, modistos, maquilladores, etc., trabajan activamente y a diario, convertidos en asesores, bien pagados por todos nosotros, para crear la imagen del nuevo político salido de los laboratorios de la factoría de la izquierda, incluso de la ultraizquierda, convertido en paradigma del nuevo orden mundial o esa “nueva normalidad” que impulsan los sociatas.

Por supuesto, no podemos obviar a los que se dedican a realizar esas encuestas burdamente manejadas y cocinadas para poner en el candelero -el que aquella otra llamaba candelabro- a tal o cual individuo o individua surgido tras la corina del anonimato cuya imagen a la postre cala en un electorado carente de formación y muy proclive a hacer bueno el viejo dicho de “a dónde va la gente, va Vicente”.

Un ejemplo palmario de lo antedicho lo encontramos en el tipo del pantalón de pitillo. Su aspecto de semidios, sus gestos chulescos, sus movimientos medidos, su caminar amacarrado, incluso esa suerte de pluma blanca que luce en su flequillo, todo obedece a un diseño creado ad hoc cuya imagen resultante atrae el voto de los mediocres, amén del deseo insano de las mediocres que también votan y con todo ello, su desastrosa gestión -ruina económica, incremento de los precios, pérdida de credibilidad internacional, paro disparado, limitación de derechos y libertades, etc.- parece disiparse en un océano del que emerge convertido en una suerte de gran Neptuno, tridente en ristre, como salvador de la especie humana, rodeado del coro de tritones y sirenas que le entonan himnos de alabanza bajo el paraguas de la siempre socorrida “plandemia” que permite la comisión de cualquier dislate.

Sin embargo, tal vez el mejor ejemplo de estos políticos de probeta lo encontremos en la acertadamente llamada, debido a su sorprendente parecico, “nieta de Dña. Rogelia”, otrora vestida al estilo de la muchachada femenina izquierdosa, en plan vulgar perroflauta, y hoy convertida en una suerte de modelo de pasarela, estrenando modelitos a tutiplén; luciendo una falsa sonrisa, extemporal las más de las veces, tras una gruesa capa de maquillaje; caminando cual bailarina de ballet, aun cuando, si rascas un poco, como detrás de un decorado zarzuelero, no se encuentra nada más allá de una mediocridad alarmante.

Fuera de uso queda la otrora concubina del gran macho alfa, relevada ya en sus funciones, con su imagen de pijaprogre que ya carente de valor no constituye un referente en este nuevo paradigma de la ultraizquierda bolchevique/bolivariana.

Sin embargo, esta nueva imagen de probeta va calando entre esta masa aborregada y acojonada por la “plandemia” y muchos/as -más, si cabe, de estas últimas- exclamarán aquello de “ves, los comunistas no son como decíais, son chicas normales, no hay más que ver a esta, cómo va vestida, parece de derechas…”, algo parecido a aquello otro de “son universitarios, inteligentísimos y no son unos corruptos”, que decían de la miserable podemía antes de entrar en los Ayuntamientos en 2015, aunque luego vimos los resultados.

Incluso, los católicos recalcitrantes, esgrimirán una sonrisilla al ver a la tal nieta de Dña. Rogelia al lado del señor de blanco que vive en Roma, dedicándose sendas sonrisas como si de dos enamorados se tratase, y pensarán que es la imagen de un comunismo moderno que nada tiene que ver con los tiempos del frente popular, aquel de los mata curas, sin pararse a pensar, y nunca mejor dicho, que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Como resultado, esas encuestas cocinadas en las que se valora a cada uno de los políticos y que sirven para que la imagen de esta individua y de otros y otras como ella salgan fortalecidos y se conviertan en paradigmas de la futura modernidad.

Entretanto, y en otro orden de cosas, como estaba previsto, siguiendo los miserables dictados de la masonería internacional, oculta hoy tras la careta del globalismo, se han cargado la Navidad o, al menos, en trance están de hacerlo.

No hay que olvidar que el “bicho”, con una inteligencia privilegiada sabe discernir entre una época y otra del año y, pese a haber alcanzado, según nos decían, la anhelada “inmunidad de rebaño”, como le gustaba decir a periodistas y tertulianos progretontos, de poco o nada ha servido ya que al bichito de marras sigue campando a sus anchas y, por lo que se ve, no le gusta la Navidad.

Más tarde, vendrá el levantamiento de prohibiciones para afrontar con garantías la celebración de la fiesta izquierdosa por antonomasia: el Carnaval, para que, un mes después, más o menos, aparezca, no se sabe bien de dónde, una nueva cepa de la socorrida COVID 19, para justificar cargarse la Semana Santa por el tufillo cristiano que tiene.

Esos son los objetivos.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )