POLÍTICOS QUE NO CREEN EN LA DEMOCRACIA

Hace tiempo que estoy convencido que muchos curas no creen en Dios,  hay médicos que se pasan por el forro de la entrepierna el juramento hipocrático,  conspicuos mafiosos  que fueron policías antes que delincuentes y  señoras putas que podrían perfectamente ser proclamadas santas.

Y si eso es así ¿Qué les voy a contar yo de algunos políticos que no creen en la democracia aunque la invocan a todas horas como coartada para cometer todo tipo de tropelías y  excesos?

Existen muchas profesiones en las que algunos de sus representantes más conspicuos acaban por devaluar sus más elementales principios y hacen de su capa un sayo, de sus convicciones una farsa, de sus compromisos éticos una  caricatura y de sus juramentos o promesas papel mojado.

Pero de entre todas ellas no  hay otro oficio más cínico y al mismo tiempo mejor protegido por las leyes  y reglamentos que ellos mismos han elaborado en beneficio propio que la política, y cuando hablan de suprimir privilegios mienten cual bribones, porque siempre se reservan la coartada necesaria para salir airosos de sus excesos

Lo peor de todo no es que algunos vivan en un espacio inmunidad sino que utilicen las instituciones en su propio beneficio personal, político y económico y de esa forma  se garanticen  que las leyes vigentes pueden ser incumplidas o suspendidas en su ejecución mientras encuentran una coartada para bordearlas.

Siempre había pensado que en España,  mientras funcione una justicia independiente y una Hacienda eficaz, los delincuentes de mano sucia o cuello blanco no estarán tranquilos, pero esta surgiendo un nuevo tipo de delincuencia política de bajo perfil, aunque para algunos pase inadvertida.

La cultura del “todo vale, menos las reglas establecidas” va calando en una sociedad acostumbrada a que sus políticos prometan e incumplan cualquier cosa menos las que les afectan e ellos directamente

Cada vez funciona más como argumento de autoridad democrática el concepto “la calle” y basta con reunir a trescientas o a cinco mil, o cien mil personas con unas pancartas, unos eslóganes y unos gritos, para sustituir la autoridad legítima del parlamento por la delegación de voto de los manifestantes.

Pero no se dejen engañar porque cuando se trata de algo que les afecta a ellos como grupo privilegiado, todos están de acuerdo.

Conozco a muchos políticos honrados pero ignoro la existencia de alguno  que esté a favor de que se supriman las redes que les protegen no vaya a ser que algún día cedan a la tentación de actuar indecorosamente y entonces las echen de menos.

Diego Armario