EL POLVO DEL CAMINO

El clima no es el más favorable para que los jueces españoles trabajen. No tendrán paz hasta que se presten de una maldita vez a acompasar sus decisiones a la política, que suele acompasar las suyas a la jauría. Ay, si fueran alemanes, entonces, aunque fueran unos provincianos alemanes, se respetarían con escrúpulo sus resoluciones.

 La aversión que provoca en España la indómita autonomía de algunos togados es radicalmente transversal. Un ministro de Justicia del PP sugirió que un juez tenía problemas mentales porque no le gustaba el voto particular que había emitido a una sentencia y fue lo único en toda la legislatura que la portavoz socialista, entonces en la oposición, aplaudió de su gestión. El amedrentamiento de los magistrados ya es la única política de continuidad entre gobiernos de distinto signo en España.

Habrá que considerar a la judicatura como una reserva natural de la razón en un entorno dominado por la histeria y los móviles espurios. Y protegerla como tal. Llarena es un valioso ejemplar de esa biosfera, un empecinado que sigue en la tarea anacrónica de defender al Estado y que, a pesar de todas las señales que le envían, se muestra insensible a la voluntad apaciguadora de Sánchez. Escuchen al presidente. Presten atención a lo que repite una y otra vez. Si un presidente aprovecha cada una de sus escasísimas comparecencias para subrayar la naturaleza política de un conflicto es porque quiere arrebatarlo de las frías manos de la judicatura. Sánchez ha asumido esa lógica autocrática que denuncia la judicialización de la política porque hay ilegalidades que se resuelven mejor en la oscuridad de un despacho que en una audiencia pública.

Esto es lo que se oculta bajo el denso pienso ideológico que cada semana arroja como una avicultora la vicepresidenta Carmen Calvo para engorde del tertuliano. Un nuevo Tinell maravillosamente sustanciado en la equiparación que ha hecho Miquel Iceta entre Ciudadanos y los CDR, y que asume la teoría de la desafección de Montilla como rectora de la política territorial. 

Esta idea establece que los únicos españoles incapaces de lidiar como adultos con sus frustraciones son los catalanes y prescribe para ellos la medicina infantil de la complacencia. Se trata de un insulto que los independentistas -al supremacismo mediante la autohumillación- aceptan por la ventaja operativa que les concede y que revela la mentalidad colonial de este Gobierno, que ejerce sobre todos los españoles una repugnante superioridad moral definitivamente irreconciliable con su inferioridad electoral.

Rafa LaTorre ( El Mundo )