PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID

El debate sobre si fue Joaquín Sabina el autor de la letra de la canción “Pongamos que hablo de Madrid”  y Antonio Flores  el que la musicó  no sé si aún está cerrado, pero el mérito de haber hecho ese retrato urbano de una de las mejores, más abiertas , tolerantes, mestiza y culturalmente ricas ciudades del mundo, es de ambos.

Los dos  obtuvieron, por derecho propio, el carné de  canalla, aunque a Sabina los años  le han rebajado la afición a los excesos y al singular artista de sangre gitana, la tristeza que arrastraba en solitario, se lo llevó como pronosticaba aquella estrofa en la que la muerte fue a visitarle.

Cuando algunos hablan de Madrid no siempre se lavan la boca antes de hacerlo, hasta que vienen aquí y ya no quieren irse salvo para regresar y vivir una doble vida que ocultan en su terruño de origen, porque les cuesta reconocer que esta ciudad universal tiene un estilo de convivencia y de respeto a los demás de la que carecen muchos provincianos de otras grandes urbes.

Lo que la hace realmente grande es su cultura de tolerancia y el mestizaje de sus hombres y mujeres, y ese es un valor cívico que, salvo algunos mal nacidos que en todas partes florecen, es una seña de identidad de la ciudad que habito.

Aquí no es imaginable que media población persiga a la otra mitad, que se señale con la estrella amarilla a quienes piensan de forma distinta, ni que los profesores en los colegios traten como apestados a los niños cuyos padres no están sindicados en alguna secta nacionalista,  porque Madrid es una ciudad universal y no un estercolero urbano en el que florecen comportamientos fascistas, como sucede en otras.

Ignoro si es mérito de los madrileños o si el aire de tolerancia que respiramos se debe a que la suerte nos ha acompañado para que entre nosotros no aniden nacionalistas, porque tenemos un sentimiento más universal que los catetos de la boina o la barretina,  y sabemos que en pleno siglo XXI una de las peores desgracias que le pueden golpear a un pueblo es que aniden y florezcan en sus tierras y en el aire que respiran “errehaches negativos” y sentimientos étnicos  excluyentes.

Aquí históricamente ha habido revoluciones  y notables diferencias a causa de asuntos serios, no de gilipolleces reduccionistas.

Nos hemos librado del virus del pensamiento único, de la religión política, de la pasión inútil y de la indecencia humana que es incapaz de empatizar con el vecino, lo persigue, lo excluye y lo convierte en víctima.

Tenemos otros muchos problemas y a veces me cruzo con vecinos intolerantes o leo a cosas que escriben mediocres morales, pero ni unos ni otros somos multitud, simplemente somos distintos, singulares y a ratos insoportables, pero no nos juntamos para perseguir a nadie.

Diego Armario