EL POPULISMO SE DIVIDE A SÍ MISMO

Cuando elementos antisistema acceden al poder institucional pueden pasar dos cosas. Una buena: que aprendan el sentido de los límites impuestos por la democracia liberal y se ajusten a ellos en su tarea de servicio público. Es decir, que alcancen la madurez política. Y otra mala: que no la alcancen y se obstinen en dogmatismos inviables y en luchas tribales por la sucesión, el clientelismo y la colocación de los afines. El último escándalo en Ahora Madrid pertenece a este segundo orden de posibilidades, y evidencia la inmadurez de un equipo de Gobierno al que el poder le llegó mucho antes de estar preparado para ejercerlo en la capital de la cuarta economía del euro.

Pese a sus bienintencionados intentos, Manuela Carmena nunca fue capaz de dirigir a su propio equipo, como delatan las tres graves crisis que han estallado en su seno desde que llegaron al palacio de Cibeles y de las que hoy damos cuenta. Una cosa es practicar un saludable pluralismo en la confección de una lista electoral y otra renunciar a una mínima cohesión y lealtad para imponer recompensas en forma de cargos a antiguos camaradas de trinchera, que además resultan incompatibles entre sí. Pasado el ecuador de la legislatura, los ciudadanos de Madrid ya saben que populismo equivale a división: no sólo de la sociedad, sino hasta de la misma sigla que lo cobija, hoy fracturada.

El detonante de la discordia tenía que ser el techo de gasto, pues marca la disciplina presupuestaria a que debe atenerse cualquier administraciónresponsable y respetuosa de la ley. Exactamente lo que ni es ni puede ser el populismo, pues un populista que aceptara el fin de la utopía del gasto ilimitado dejaría de ser un populista. Carmena comprendió que el Ayuntamiento no podía aguantar el desafío constante a Hacienda que promovía su díscolo delegado de Economía, Carlos Sánchez Mato, por lo que llegó a un acuerdo con Cristóbal Montoro para ajustarse a la norma y destituir a Sánchez Mato a cambio de levantar la intervención central. Pero ya era tarde, y el precio de esta cirugía de urgencia lo ha fijado la rebelión de los concejales más radicales: hasta seis ediles de Izquierda Unida y de la marca local de Podemos no votaron el plan pactado entre Carmena y Montoro, aunque siguen en el Gobierno municipal.

En el trasfondo de esta lucha se perfila una descarnada ambición por hacerse con el poder en Ahora Madrid con vistas a los próximos comicios. Las reuniones entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón para controlar daños y tratar de circunscribir el conflicto a Madrid no garantizan la pervivencia futura del llamado pacto de los botellines, que mantiene a IU subordinada a Podemos. Entretanto, las consecuencias de un Gobierno municipal atenazado por la incompetencia, carente de un proyecto de ciudad y consumido en pugnas intestinas las pagan todos los madrileños.

El Mundo

viñeta de Linda Gamor