POR CADA MENTIRA, UN APLAUSO

Lo que iba a ser un aburrido certamen coral de sensibilidades políticas -aburguesadas o asamblearias, en función de la genética y la carcasa del PSOE y Unidas Podemos, aparentemente distintas- se ha convertido en un concurso individual de interpretación y ejecución de la mentira en el que puntúan el tono, la excusa o, siempre de agradecer, la contumacia para negar la evidencia.

No hay ya matices entre una izquierda montaraz y una socialdemocracia civilizada, sino en la puesta en escena y la exposición del embuste monoplaza y el sálvese quien pueda, mutualizado por cuestiones de cogobernanza e inmunidad de rebaño.

Estamos en octavos de final, pero hay ya quienes prefieren la chulería y el clasicismo del presidente del Gobierno, el del programa de televisión, que con tal de no acudir ayer al Senado se sacó de la manga un acto internacional que nadie supo geolocalizar.

Otros se atreven, más echados para adelante, con el estilo sci-fi de la ministra de Trabajo, en cuyos trabajados monólogos pone voz de Tamara-Yurena para decir a los trabajadores -de Alcoa o de Nissan, mismamente- que ha prohibido los despidos.

Del neologismo «superdrástico» los más jóvenes solo llegan a entender el prefijo, de mucho uso, pero saben que después de cada «jo, tía» suele ir una mentira y de inmediato sintonizan con Irene Montero y su vulgaridad en off. La titular de Hacienda, que compite en la categoría de encubridora, llegó ayer a referirse a una «normalidad normal» en la que cada ministro hace lo que le da la gana.

Hablaba María Jesús Montero, siempre a su manera, de Fernando Grande-Marlaska, que va por delante de todos y al que ayer los senadores del PSOE dedicaron una larga ovación, que es la manera, instituida por Sánchez al proponer el pasado domingo un aplauso sanitario a Illa y Simón, encriptadores de la tragedia del Covid-19, que la izquierda tiene ahora de reconocer el mérito de quienes mienten. Marlaska no tiene rival.

Curtido en el género del interrogatorio, el pasado viernes negó durante cinco horas lo que el documento de la directora de la Guardia Civil confirmó ayer. Tiene aguante y arrogancia para seguir en su puesto -a gritos, como ayer en la Cámara Alta- y formar parte de un Gobierno en el que fraude no solo forma parte de la «normalidad normal», sino que es una muestra de adhesión, imitación e identificación con el líder que los inspira y les hace palmas.

Jesús Lillo ( ABC )