POR ENCIMA DE TODO

Hay que tener valor para arrimarse a un pueblo que precisamente no sale más fuerte y unido del estado de alarma. Sale en bañador y chanclas, ha cogido kilos y resentimiento y resulta imprevisible. Hace tiempo de gazpacho, pero las cacerolas también son para el verano y echarse hoy a la calle comporta más riesgos que meterse sin mascarilla en el pico de una pandemia.

Los Reyes comienzan en Las Palmas su gira por una España que no está para aplausos y a la que desde las alturas conviene cogerle distancia social. Don Felipe y Doña Letizia van a hacerse fotos y a que se las hagan, que para eso están.

Son los únicos que pueden transmitir y, más importante, generar afecto institucional hacia un Estado cuya gerencia ha fallado en lo más básico, que no es la sanidad, sino la convivencia, infectada por esa variedad del odio africano o asiático que no contagian los murciélagos, sino que manipulan los genetistas de lo público en los laboratorios de la política y en los talleres de la propaganda.

No es el momento de pedir que Sánchez o Iglesias se den una vuelta, y tampoco Casado o Abascal están para darse un homenaje desconfinado. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Ya salen los Reyes, que por estar por encima de todo pueden ponerse a ras del suelo.

Si hay que bajar a la arena, ya lo hacen ellos. Su papel superador e integrador es muy similar a la dexametasona que certifica la Universidad de Oxford, un paliativo contra cualquier nueva anormalidad que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, para un discurso de octubre o un paseo de verano contra el miedo a viajar.

Manipular e invertir la secuencia del virus del odio ha sido la última iniciativa de quienes, peor que los antivacunas, rechazan el tratamiento oral que prescribe el Rey.

Jesús Lillo ( ABC )